viernes, 2 de diciembre de 2016

El adiós del Patriarca


«Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada. […] ¿Cuáles son los derechos de los escritores y de los artistas, revolucionarios o no revolucionarios?  Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, ningún derecho. […] Los contrarrevolucionarios, es decir, los enemigos de la Revolución, no tienen ningún derecho contra la Revolución, porque la Revolución tiene un derecho:  el derecho de existir, el derecho a desarrollarse y el derecho a vencer.» 

[Fidel Castro Ruz, Palabras a los intelectuales, discurso pronunciado el 30 de junio de 1961, prolegómeno para la Revolución Cultural de 1971-1976 —el denominado Quinquenio Gris.]

En la larga lista de caudillos Patriarcas que exhibe nuestra América —tan diversos como Antonio López de Santa Anna y Pérez de Lebrón, Porfirio Díaz Mori y Lázaro Cárdenas del Río en México, Justo Rufino Barrios Auyón en Guatemala, José Figueres Ferrer (Don Pepe) en Costa Rica, François Duvalier (Papa Doc) en Haití, José Gaspar Rodríguez de Francia y Velasco (Karaí Guazú) en Paraguay, Juan Manuel de Rosas, Domingo Faustino Quiroga Sarmiento (discutible su caudillaje pero ostensible su patriarcado) y Juan Domingo Perón Sosa en Argentina, Víctor Paz Estenssoro en Bolivia, Juan Vicente Gómez Chacón y Antonio Guzmán Blanco (y luego Hugo Chávez Frías) en Venezuela (no incluyo a José Antonio Páez porque sí fue un gran caudillo pero no llegó al patriarcado), Getúlio Dornelles Vargas en Brasil, Arnulfo Arias Madrid en Panamá y José María Velasco Ibarra en Ecuador—, Fidel Castro Ruz ocupa, por derecho propio, un lugar indiscutible entre ellos sobre las ancas —o sobre la torreta de un T34-85, para no mencionar el norteamericano M4A3 Sherman con el que él entró victorioso en La Habana el 8 de enero de 1959— de los siglos 20 y 21. Fue caudillo en el 20 para legiones de seguidores en toda Latinoamérica y Patriarca en el 21 para la ALBA.

Además de caudillo y Patriarca, Fidel Castro Ruz —Castro Ruz el Mayor para diferenciarlo de su hermano y sucesor Raúl, Castro Ruz el Menor— fue, con mucho, el más superviviente de las generaciones de líderes políticos que acompañaron su presencia en el escenario mundial durante los últimos 60 años.

Con Fidel Castro Ruz se va el último actor de la Guerra Fría, sobreviviente de todos sus principales participantes: Había visto morir a Dwight «Ike» Stover Eisenhower, a John Fitzgerald Kennedy, a Lyndon Baines Johnson, a Richard Milhous Nixon, a Gerald Ford, a Ronald Wilson Reagan —Jimmy Gordy Carter fue un accidente incatalogable, una catarsis que salió mal, en la presidencia de EEUU y George H. Walker Bush supo recoger lo sembrado por Reagan; además, los dos estuvieron muy cerca de adelantársele en el tránsito a la muerte—; también a Nikita Serguéievich  Jrushchov, Leonid Ilich  Brézhnev, Yuri Vladímirovich  Andropov y Konstantín Ustínovich  Chernenko — Mijaíl Serguéyevich  Gorbachov, que la concluyó al menos entre las dos principales potencias, trató por todo lo posible de desligarse de ella. Mao Zedong, Zhōu Ēnlái y Margaret Thatcher llevaban ya mucho tiempo muertos.

También sobrevivió a todos los líderes del llamado campo socialista: los ortodoxos prosoviéticos —dentro del CAME—: Wojciech Jaruzelski en Polonia, Kádár János y Grósz Károly  en Hungría, Erich  Honecker en Alemania — Egon  Krenz, aún vivo, no pudo llegar a dos meses—, Gustáv  Husák en Checoslovaquia — Miloš  Jakeš estuvo bajo el poder de Husák mientras que Karel  Urbánek fue tan intrascendente como Krenz, ambos vivos—, Tódor Khrístov  Zhívkov en Bulgaria, Nicolae  Ceaușescu en Rumania —el único fusilado—, Jambyn Batmönkh de Mongolia. Y los contestatarios como Josip  Broz (Tito) había muerto muchos años antes y su país fue el único que no sobrevivió los nuevos tiempos.

También sobrevivió a los líderes latinoamericanos que en 1959 coincidieron con su arribo al Poder: Adolfo  López Mateos en México, Miguel  Ydígoras Fuentes en Guatemala, Ramón  Villeda Morales en Honduras, José Maria  Lemus López en El Salvador, Luis Anastasio Somoza Debayle en Nicaragua, Mario Echandi Jiménez en Costa Rica, Ernesto de la Guardia Navarro en Panamá, François Duvalier en Haití, Héctor Trujillo Molina en República Dominicana, Alberto Lleras Camargo en Colombia, Rómulo Betancourt Bello en Venezuela —ascendió pocos días después que Castro Ruz—, Manuel Prado y Ugarteche en Perú, Jorge Alessandri Rodríguez en Chile, Hernán Siles Zuazo en Bolivia, Juscelino Kubitschek de Oliveira en Brasil, Alfredo Stroessner Matiauda en Paraguay, Arturo Frondizi Ércoli  en Argentina y Martín Recaredo Echegoyen —dentro del Consejo Nacional de Gobierno— en Uruguay, así como a los dos presidentes de Cuba que él nombró: Manuel Urrutia Lleó —falleció exilado— y Osvaldo Dorticós Torrado.

Castro Ruz el Mayor sobrevivió a cinco Papas: San Juan XXIII —Angelo Roncalli—, Pablo VI —Giovanni Montini—, Juan Pablo I —Albino Luciani— y San Juan Pablo II —Karol Wojtyła—, y se reunión con otros dos, luego de su renuncia del poder: Benedicto XVI —Joseph Ratzinger— y Francisco —Jorge Mario Bergoglio. Tres italianos, un polaco, un alemán y un argentino.

Y, por último, sobrevivió a sus dos comandantes guerrilleros más carismáticos: Camilo Cienfuegos Gorriarán —desaparecido en un vuelo interno— y Ernesto Guevara de la Serna —abandonado por todos en Bolivia— y a importantes dos compañeros de armas que encarceló: Huber Matos Benítez y Eloy Gutiérrez Menoyo. También sobrevivió a dos de sus militares declarados “Héroe de la Revolución Cubana” a quienes se fusiló: William Morgan Ruderth y Arnaldo Ochoa Sánchez.

Fidel Castro Ruz vivió muchos ismos, algunos los promovió e incluso los sobrevivió. Condottiere de la revolución permanente y paladín del marxismoleninismo, incendió los ánimos de más de una generación con el mensaje de construir sociedades más justas —aunque la praxis propia no lo lograra— y bajo las banderas del internacionalismo proletario llevó cubanos a muchas tierras lejanas —de África, Latinoamérica e incluso Asia— con el espíritu de “Crear dos, tres… muchos Vietnam”.

Entre las décadas de 1960 y 1990 —e incluso posteriores con las guerrillas marxistas Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) en Perú y las colombianas Fuerzas Armadas Revolucionarias (FARC) y Ejército de Liberación Nacional (ELN)—, Latinoamérica se vio incendiada por guerrillas marxistas o afines, en su mayoría promovidas, organizadas y con soporte cubano e, incluso, algunas con participación de militares cubanos, como en República Dominicana, Panamá, Venezuela y Bolivia.

Fuera de la región, fuerzas cubanas intervinieron en conflictos en Argelia —Guerra de las Arenas (1963) entre Argelia y Marruecos—, Congo —Crisis del Congo (1964-1965)—, Medio Oriente —en la guerra de Yom Kipur (1973), en apoyo a la República Árabe Siria—, Angola —Operación Carlota (1975-1991) durante la guerra civil del país, apoyando al Movimento Popular de Libertação (MPLA) contra el Frente Nacional de Libertação (FNLA, apoyado por Zaire y China) y la União Nacional para a Independência Total (UNITA, apoyada por EEUU y Sudáfrica)—, Namibia —paralelo con la Operación   contra Sudáfrica hasta su independencia en 1990— y Etiopía —Operación Baraguá (1977-1989) en apoyo al gobierno socialista de la República Democrática Popular de Etiopía y en el conflicto del Ogadén con Somalia, así como el Frente Popular de Liberación de Eritrea (FPLE). En la Operación Carlota participaron más de 337 mil soldados cubanos y 50 mil civiles y en la Operación Baraguá casi 42 mil soldados, con el saldo entre ambas de varios miles de muertos. En todas estas operaciones en África y Medio Oriente —sobre todo en Siria, Angola, Namibia y Etiopía— las tropas cubanas, bajo la bandera del “internacionalismo proletario”, sirvieron de lanza de la Unión Soviética que, por razones del equilibrio entre superpotencias, no podía intervenir directamente. También tropas cubanas estuvieron en Guinea-Bissau, Mozambique y otros.

Castro Ruz El Mayor dirigió una revolución triunfante contra un gobierno dictatorial, el de Fulgencio Batista Zaldívar, gracias al éxito de la guerra de guerrillas en la Sierra Maestra tras la expedición del Granma desde México, eso en un momento en que los pocos gobiernos democráticos progresistas latinoamericanos apoyaban las redemocratizaciones, incluso a través de expediciones para que despertaran movimientos populares —como las que la Legión del Caribe intentó propiciar contra los Somoza Debayle en Nicaragua y Trujillo Molina en República Dominicana—, en un momento que la prédica democrática del difunto presidente Roosevelt había sido sustituida por la Guerra Fría y el apoyo a dictadores anticomunistas fuertes por las administraciones de Harry Truman y Dwight Eisenhower.

El triunfo de la revolución cubana coincidió temporalmente con otro hito democratizador en la Región: la elección a la presidencia de Venezuela con 49% de los votos de Rómulo Betancourt Bello, un líder socialdemócrata que se había opuesto a las dictaduras de Juan Vicente Gómez Chacón y Marcos Pérez Jiménez, iniciando con su ascensión un largo período de gobiernos democráticos en su país. La visita de Fidel Castro Ruz a Venezuela el 23 de enero de 1959 —su primera salida al exterior— fue el momento cumbre del acercamiento entre ambos gobiernos; el progresivo distanciamiento culminó años después en la creación de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional por el Partido Comunista de Venezuela en 1962 y el intento de invasión de Machurucuto en 1967 con expedicionarios cubanos y venezolanos, antecedidos por la ruptura de relaciones diplomáticas y consulares en 1961.

El mayor de los Castro Ruz colocó a Cuba en el primer plano de las noticias internacionales permanentemente, generó afinidades y desafectos muchas veces más allá de toda fría lógica —jamás conllevó la indiferencia— y fue siempre consecuente con su discurso —el suyo, el discurso orientador, que “marcaba líneas”, muchas veces iluminado—, una coherencia que no admitió jamás oposiciones ni críticas sino sólo adhesiones y seguimientos, cuando no alabanzas —sinceras algunas, lisonjas interesadas las más— que crecieron con el tiempo.

Fidel Castro Ruz construyó y mantuvo inalterable por décadas una democracia vertical de partido único —al mejor estilo soviético—, con muchos derechos conculcados y sin oposiciones toleradas, justificándola en su visión propia del Partido Revolucionario Cubano de José Martí para la guerra de 1998 pero que, a diferencia de éste en su labor proindependista, no aceptaba disensos ni sumaba voluntades.

El Comandante en Jefe fracasó en exportar su revolución porque sobrepuso la ideología a la praxis y, como Lenin y sus bolcheviques creyeron en el concepto de «el eslabón más débil», él creyó repetir el fenómeno Cuba bajo el supuesto de «el fin de imperialismo…» y se topó un día con la perestroika y el fin del Muro de Berlín. En su mérito de consecuencia ideológica tengo que reconocer que nunca aceptó el fin del ciclo más allá de que fue un «accidente histórico», con todas las connotaciones de detener el tiempo que eso tuvo, sobre todo para Cuba.

André Voisin, el científico francés padre del pastoreo racional, lo llamó “su mejor discípulo” en 1964, poco antes de su muerte en Cuba. Ése fue el momento en que las ideas del Comandante, armadas de ideología, pasaron de transformadoras a rupturistas y con el mismo ímpetu con el que se enfrentaba al “imperialismo yankee” —eje de su prédica ideológica—, el mayor de los gobernantes Castro Ruz —fueron más hermanos que Fidel y Raúl pero estuvieron desligados del Poder— pasó a las grandes decisiones devenidas en grandes fracasos económicos donde tres rutilan: el Cordón de La Habana (1967), la creación de un emporio de café que nunca existiría y que demandaba 25 mil trabajadores de la ciudad diariamente —el país terminó pasando de exportador a importador de café y mezclando el grano de consumo interno con chícharo o kudzu—; la Brigada Invasora de Maquinarias “Che Guevara” (1967-1968), que desmontó miles de hectáreas para sembrar caña de azúcar para la futura Zafra de los Diez Millones, propició un desastre ecológico y empobreció los suelos; la Zafra de los Diez Millones (1969-1970), con un país detenido para sembrar caña de azúcar y cortarla, desastre de planificación, logística y tecnología que a pesar de todos los esfuerzos y de despriorizar toda la demás actividad económica, quedó en una zafra de 8 millones.

Pero el más significativo y de efecto largamente duradero fue «la Ofensiva Revolucionaria».

En 1968, la confiscación masiva de pequeños establecimientos —55.636 pequeños negocios: 11.878 tiendas de víveres, 3.130 carnicerías, 3.198 bares, 8.101 establecimientos de comida, 6.653 lavanderías, 3.643 barberías, 1.188 reparadoras de calzado, 4.544 talleres de mecánica automotriz, 1.598 artesanías y 3.345 carpinterías (según datos publicados por el periódico oficial Granma en marzo de ese año)— con los objetivos de «luchar contra el capitalismo y construir un Hombre Nuevo» conllevó inmediatamente un enorme deterioro económico y la disminución acentuada de alimentos y servicios.

Esta Ofensiva Revolucionaria avanzó tras las grandes confiscaciones del período 1959-1963 que fundamentaron, años después, las bases de la planificación centralizada al estilo soviético y las dificultades del rígido racionamiento de todos los alimentos y demás productos básicos desde 1962, vigente hasta ahora. El “trabajo voluntario”, las “jornadas guerrilleras” y los “horarios de conciencia” —sin retribución todos— fueron experiencias que debían haber llevado hacia la desaparición del dinero —un conjunto de ideas promovidas por el Che Guevara— y que, junto con la estatización de la economía, debían llevar al Hombre Nuevo pero condujeron al desplome de la productividad y al quiebre de la economía cubana. Años después, sin que sirviera de aprendizaje la fallida experiencia cubana, se incorporaron como ideas básicas al socialismo del siglo 21 de Heinz Dieterich Steffan y condujeron a Venezuela al estado de pauperización actual.

Más allá de cualquier otra medida, «la Ofensiva Revolucionaria» es central del pensamiento del comunismo cubano —y del descalabro socioeconómico posterior. 

Aunque no tan historiografiada como otros fenómenos de la Guerra Fría, la importancia de «la Ofensiva Revolucionaria» se acrecienta en el complejo contexto histórico en el surge: la escalada de la guerra en Vietnam y las grandes manifestaciones de protestas en Estados Unidos; la rebelión estudiantil en París de mayo del 68, extendida significativamente a Alemania federal, Suiza, España, México, Argentina, Uruguay, EE.UU., Checoslovaquia e Italia; la “Primavera de Praga” y la invasión militar soviética y de sus aliados del Pacto de Varsovia —excluyendo Rumania— en Checoslovaquia para abortarla; el aumento de la confrontación —verbal y real— entre EEUU y Cuba tras la captura y asesinato del Che en Bolivia.

Con esta política de eliminar todo vestigio de propiedad privada que no fuera para uso personal —la “propiedad personal”: vivienda, auto…—, prácticamente todo el aparato productivo y de servicios pasó a propiedad del Estado y a ser operado por el mismo. Fue la utopía del socialismo real…

Todo ello, sumado a la crisis provocada por la eliminación de los subsidios del denominado campo socialista después de su desaparición y la de la Unión Soviética en 1991 —la ayuda económica (excluyendo la militar), principalmente soviética, para Cuba en el período 1960-1990 se calcula en 65 mil millones de dólares— que provocó para la isla la declaratoria de Período Especial en Tiempos de Paz y la caída abrupta del 90% de sus suministros y del 35% de su Producto Interno Bruto —paliado por el ascenso de Hugo Chávez Frías a la presidencia de Venezuela y el inicio del ingente apoyo al gobierno cubano, hoy muy mermado por sus propias falencias—, llevó a que la renta per cápita mensual en 2013 estuviera alrededor de 22 dólares, lo que conlleva una renta anual de 264 dólares, mucho menor a los 374 dólares (3.090 a precios actuales) de la renta cubana de 1958, año en que el Atlas of Economic Development (1961) de Norton Ginsburg colocaba a Cuba en el lugar 31 en desarrollo mundial. Ese año y a pesar de todas las injusticias sociales y pobreza —sobre todo rural—, en distribución equitativa de la riqueza Cuba sólo era superada en la Región por Costa Rica y Uruguay, con 33% de su población ubicada en clase media y sólo 30% de toda esa población se dedicaba a la agricultura (datos del Censo Nacional de 1953), a diferencia de 62% en Centroamérica o 55% en toda Latinoamérica; la cobertura de la seguridad social alcanzaba al 63% de la población trabajadora en 1958 —sólo superado por Uruguay— y la participación laboral en la renta nacional era del 65%, la más alta de la Región para el período 1949-1958. Son sólo ejemplos del fracaso del modelo producido por la Ofensiva Revolucionaria y vigente aún en gran medida —exceptuando las empresas mixtas con capital extranjero y los cuentapropistas, un sector “nacido” en el Período Especial que desde entonces ha fluctuado intermitentemente entre permitido, tolerado y restringido

Pero frente todos estos errores —identificados con el embargo comercial, económico y financiero norteamericano en contra de Cuba (denominado «el bloqueo»), vigente desde octubre de 1960—, dos grandes éxitos: el posicionamiento del relato de la Revolución, fijado en la mente de grandes mayorías —muchas veces con independencia de su nivel socioeconómico e ideología— y la identificación de los mitos Fidel, Che Guevara y Revolución Cubana como marcas-íconos asociadas con dignidad, futuro mejor, internacionalismo-solidaridad y antimperialismo.

No menos exitoso fue el posicionamiento del mito enemigo principal asociándolo como imperialismo yankee, que se convirtió en leitmotiv y mantra de gran parte de la izquierda mundial.

El éxito de su relato del éxito —y vale muy bien la redundancia— empezó tan pronto como el 17 de febrero de 1957 —a escasos 77 días del 2 de diciembre del año anterior cuando el yate Granma, con 82 expedicionarios dirigidos por Fidel Castro Ruz, había llegado a las costas cubana—, The New York Times publicó “Cuban Rebel is Visited in Hideout”, el primero de los tres artículos con la entrevista que su corresponsal Herbert Matthews le realizó al líder insurgente en su campamento guerrillero al interior de la Sierra Maestra.

Faltarían casi dos años para que Castro Ruz el Mayor entrara en La Habana pero, para el mundo, ése día ya ganó su guerra. Y también surgió una de las mayores epopeyas exitosas de marketing político a nivel mundial.

En el relato de la Revolución primó la comparación antes-después, tomando como quiebre el triunfo de 1959. A éxitos destacados se les ocultó antecedentes reconocibles mientras los fracasos —como los antes mencionados— o eran ocultados o atribuidos a la conspiración externa —los eternos enemigos: la emigración cubana (odiada, tolerada o celebrada, según fuera la necesidad interna) y, sobre todo, su apoyo y alter ego: el imperialismo yankee—, y esto funcionó con los tres mayores logros posteriores a 1959: educación, salud y deportes.

  •  Tras la Revolución en 1959, la expansión de la educación alcanzó niveles impresionantes —llegó a todos los lugares del país— y se democratizó —con acceso irrestricto—, con lo que superó las principales falencias en la educación pública hasta 1959 que estaban en la diferencia entre el acceso a la enseñanza en las zonas urbanas y las rurales, agregada la precariedad a la educación rural.

®     Pero este éxito se apoyó en un sistema educativo bastante avanzado y sólido desde el Plan Varona (vigente de 1900 a 1939 y denominado en loor de su creador, el filósofo Enrique José Varona Pera) que sentó las bases de modernización de la educación en Cuba desde una concepción científica y democrática.

  • Analfabetismo en el transcurso de 1961. La campaña redujo el analfabetismo desde un porcentaje superior al 20% en 1958 al 3,9% en 1961, alfabetizándose 707.212 personas.

®     En 1958, Cuba era el tercer país de Latinoamérica con menos analfabetos, luego de Chile —algunas fuentes lo sustituyen por Uruguay— y Costa Rica, y sólo Argentina, Uruguay y Chile tenían menos ausentismo escolar.

  • El salto cualitativo en cobertura de salud pública —territorial y de calidad de servicio— fue realmente significativo, tanto con la construcción de hospitales y postas sanitarias como por la ampliación de la formación e investigación médica, alcanzando su cumbre a comienzos de los años 80 con el Médico de la Familia y los más bajos indicadores de mortalidad infantil y ocurrencia de enfermedades prevenibles. (Después de la crisis de inicios de los 90, la exportación de servicios médicos se convirtió en una opción de ingresos para el Estado, lo que conllevó aumento de matrículas para medicina en las universidades —y amplia reducción del tiempo de formación— y contracción de los servicios en el país por falta de disponibilidad local de profesionales.)

®     La medicina en Cuba tenía un nivel científico importante desde finales de la época colonial. Basta mencionar a Carlos Juan Finlay y Barrés, descubridor del vector de la fiebre amarilla y creador de su vacuna, primer candidato latinoamericano —en varias ocasiones— al Premio Nobel de Fisiología o Medicina.

  • La democratización de la práctica del deporte en Cuba a partir de 1959 fue la que llevó a los lauros olímpicos —77 medallas de oro, 69 de plata y 74 de bronce, 220 en total, de ellas 202 a partir de Tokio 1964—, ubicándose hasta Rio 2016 en el vigésimo lugar en la historia de medallista de todos los Juegos Olímpicos. (La cosecha se reduce después de Beijing 2008 en medallas de oro y desde Londres 2012 en total de medallas.)

®     En los Juegos de Paris 1900, Ramón Fonst Segundo fue medallista de oro y de plata en esgrima, siendo el primer medallista latinoamericano. En San Luis 1904, Cuba gana 9 medallas: Fonst Segundo repite 3 medallas de oro —una por equipos— y también son ganadores de oro Manuel Dionisio Díaz Delgado —una individual y otra por equipo— y Henry Albertson Van Zo Post —por equipo, además de una de plata y dos de bronce, individuales—; Charles T. Tatham ganó una de plata y otra de bronce, individuales. En Londres 1948, Carlos de Cárdenas Culmell y su hijo Carlos de Cárdenas Plá obtuvieron medalla de plata en vela. Tampoco debe olvidarse a José Raúl Capablanca y Graupera, el único campeón mundial de ajedrez [1921-1927] proveniente de Latinoamérica.

Queda un aspecto importante: la emigración, forzosa o voluntaria de dos millones de cubanos. De lo mucho que he leído y oído estos días sobre Fidel Castro Ruz —a favor y en contra, desde dentro de la isla y desde todo el mundo—, el hombre que no aceptó la desaparición del campo prosoviético ni tampoco el acercamiento con el presidente Obama, prefiero quedarme con lo que escribió la cubanoamericana Achy Obejas en su artículo “The Little Fidel in All of Us” para The New York Times:

«Fidel didn’t merely contain multitudes: He took all of our destinies and redesigned them. Who would I be if Fidel’s revolution hadn’t happened and my parents hadn’t left? Who would those who remained on the island be if those of us who left had stayed by their side? Who would any of us be if Fidel hadn’t caused this rupture in our lives?
After all the headlines and the shouting, after all the calls from all the places we Cubans have been scattered, this is what haunts us.»

«Fidel no sólo contenía multitudes: Él tomó todos nuestros destinos y los rediseñó. ¿Qué habría sido yo si la revolución de Fidel no hubiera ocurrido y mis padres no se hubieran marchado? ¿Qué serían los que decidieron quedarse en la isla si los que nos fuimos nos hubiésemos quedado a su lado? ¿Quién sería cualquiera de nosotros si Fidel no hubiera causado esta ruptura en nuestras vidas?
       Después de todos los titulares y la algarabía, después de todos los llamados de todos los lugares en los que nosotros los cubanos hemos sido dispersos, esto es lo que nos persigue.»
[Traducción mía.]

La muerte de Fidel Castro Ruz, amén de muchas otras connotaciones, tiene dos simbolismos. El primero, la fecha de su muerte coincide, 60 años después, con la salida del yate Granma de México para ir a iniciar la guerra de guerrillas que producirían la Revolución cubana, el inicio de la expedición con el albor de la madrugada y el deceso anunciado en la noche. 

El segundo es carpenteriano: El viaje de sus cenizas de La Habana a Santiago de Cuba repite, recorriendo en sentido inverso, el viaje que realizara los primeros días de enero de 1959. Un viaje a la semilla con muchas connotaciones.



Información consultada

Funes Monzote, Reinaldo: De bosque a sabana: azúcar, deforestación y medio ambiente en Cuba, 1492-1926. Siglo XXI Editores, 2004.

domingo, 27 de noviembre de 2016

El último sobreviviente



Con Fidel Castro Ruz se va el último actor de la Guerra Fría, sobreviviente de muchos ismos. Incendió los ánimos de más de una generación con el mensaje de construir sociedades más justas —aunque la praxis propia no lo lograra. Dirigió una revolución triunfante contra un gobierno dictatorial, colocó a Cuba en el primer plano permanente —con afinidades y desafectos— y fue consecuente con su discurso, una coherencia sin oposiciones ni críticas. Construyó y mantuvo inalterable por décadas una democracia vertical de partido único que no aceptaba disensos; fracasó en exportar su revolución y en construir una economía centralizada bajo decisiones ideológicas —a pesar de los ingentes apoyos del campo socialista primero y de Venezuela después— pero siempre supo utilizar a su favor las políticas de 10 presidentes estadounidenses y vivió 11 administraciones.


Información consultada

https://www.marxists.org/espanol/guevara/04_67.htm

martes, 22 de noviembre de 2016

Una nueva Era para Estados Unidos


Contra la inmensa mayoría de los pronósticos, Donald John Trump podrá ser investido el 22 de enero como el 45vo. presidente de los Estados Unidos de América. Elegido no por votos populares sino por el sistema de elección indirecta que ha existido en EEUU desde los Padres Fundadores —los compromisarios miembros del Colegio Electoral, electors, quienes son los que eligen al Presidente y Vicepresidente— y por el que también Albert Gore, Jr., perdió en 2000 frente a George Walker Bush a pesar de sus 543.895 votos populares más, Trump se alzó con la mayoría del Colegio Electoral porque Hillary Rodham Clinton, a pesar de tener 1.334.672 votos populares más —un 1,01%— hasta el viernes pasado, porque sigue el conteo en diversos distritos, no pudo alcanzar los 270 votos electorales que necesitaba de los 538 en disputa.

En estas dos semanas después de la votación he leído y oído múltiples análisis pero me gustaría precisar algunos puntos. En primer lugar, no necesariamente las últimas encuestas electorales se equivocaron: la de IBD/TIPP difundida la noche del 7, víspera de la elección, y que aún aparece en The Huffington Post Poller, le daba 1% de ventaja. En segundo, la elección demostró que no todos los ciudadanos de EEUU se han beneficiado con la recuperación; que las dos costas —en general— votan distinto del interior del país y su sur —frontera permeable—; que las ciudades no piensan igual que las zonas rurales —Trump no triunfó en ninguna ciudad de más de un millón de habitantes—; que los discursos misóginos y machistas no deciden todo el voto femenino —como tampoco, a la postre, afectó el affaire sexual con la Lewinsky al presidente Clinton— ni los xenófobos a muchos inmigrantes naturalizados. Tercero, en este período electoral —desde su inicio en 2015 hasta hoy— las redes sociales han tenido importantísima participación y los mass media —sobre todo la gran prensa— posicionaron a Trump en la mente de todos, al comienzo satirizándolo y luego oponiéndose frontalmente. Y cuarto: ganar una campaña con discursos incendiarios siempre es mucho más simple que gobernar.

Aunque desde que Trump anunció su precandidatura utilizó como lema «We are going to make our country great again» (Vamos a hacer a nuestro país grande de nuevo) que definitivamente se convirtió en «Make America Great Again»  (Haz América grande de nuevo) recordando el lema del presidente Ronald Reagan [1981-1989] «Let's Make America Great Again» (Vamos a hace América grande de nuevo) y lo ayudaba a posicionarse como heredero de la Era Reagan, la de mayor liderazgo internacional del país en décadas, en realidad Trump y sus posiciones heredan el aislacionismo del fracasado America First Committee de inicios de los 40 —aunque las posiciones del AFC no incluían las más agresivas de Trump.

Los muchos que ahora hablan de la dicotomía wasp —acrónimo de blanco, anglosajón y protestante— versus no-blancos basándose en los crecientes incidentes contra emigrantes y afroamericanos, en las declaraciones xenófobas de Trump y en quiénes selecciona, olvidan —como él quizás— que EEUU se forjó como una gran nación gracias sus muchos inmigrantes —como sus abuelos paternos Friedrich Drumpf y Elisabeth Christ y su madre Mary Anne MacLeod.

Cuando el primer lunes después del segundo miércoles de diciembre, los elegidos al Colegio Electoral emitan sus votos, entonces —sólo entonces— EEUU tendrá su nueva Era.



Información consultada

http://www.hispantv.com/noticias/opinion/314291/clinton-gana-voto-popular-victoria-trump-colegios-electorales
http://www.infobae.com/america/eeuu/2016/11/13/la-revancha-del-hombre-blanco-el-actor-clave-que-volco-la-eleccion-en-estados-unidos/
http://www.latercera.com/noticia/henry-kissinger-ex-secretario-estado-asesor-seguridad-nacional-fenomeno-trump-una-reaccion-la-clase-media-estados-unidos-al-ataque-valores/

jueves, 10 de noviembre de 2016

Trump y el inesperado día después


De madrugada, Hillary Clinton llamó a Donald Trump para felicitarlo, tragando sapos tras lo que desde horas antes se preveía inevitable: el inesperado triunfo del populismo. Después, el discurso del ganador dio esperanzas con sus claras muestras que el monstruo que conjuró —un EEUU intolerante, dividido y excluyente— no podía avanzar más.

Pero, ¿cómo ganó si todas las encuestas —incluidas las dos últimas de la noche anterior— le daban perdedor y las apuestas —ese termómetro anglosajón— daban 2 o 3 a 1 a favor de Clinton? Las respuestas son inequívocas: Las encuestas, los pronósticos y las opiniones —me incluyo— no leyeron cabalmente al votante Trump —ese nicho de mercado electoral que el showman supo aprovechar tan bien: obreros blancos con baja preparación sobre los 40 y sus familias, desplazados de la globalización y de las nuevas tecnologías— y se obvió su voto oculto; se sobrevaloró el impacto de las diatribas xenófobas, racistas y machistas; se sobredimensionó el voto latino, de los inmigrantes, las minorías y las mujeres; tampoco se justipreció el rechazo de la candidata demócrata —creciente luego de los nuevos correos— pero, sobre todo, se confundió el éxito macroeconómico de la Era Obama con la recuperación para todos los norteamericanos, obviando a una clase media baja y trabajadora que tras la crisis de 2008 y la globalización dejaron de ser la imagen americana.


Trump tendrá muchas heridas para sanar: en su partido, su país y el mundo. Confío en el poder de las instituciones democráticas de EEUU.

martes, 8 de noviembre de 2016

La encuesta final


Mientras Ud. lee esta columna —que desde ahora es suya aunque no coincidamos— el pueblo de EEUU estará votando —aunque muchos ya lo han hecho por las distintas opciones adelantadas— en las que quizás sean las elecciones más atípicas en la historia estadounidense. Aunque en mi anterior columna (“Trump, victimario victimado”, 25.10) las mencioné, vale recapitular algunas atipicidades a la fecha: la virulencia de los ataques de Donald Trump a contrincantes —primero a sus correligionarios precandidatos, luego a su contrincante demócrata, siempre xenófobos, chauvinistas y machistas, entre otros— y la manifiesta “sequía” de ideas y propuestas; la participación mediática, principalmente el boom de redes sociales; la admiración de Trump por Vladímir Putin — “el tercer candidato”— a quien pidió se inmiscuyera —hackeando— en las elecciones; las desmesuradas propuestas populistas, tanto de Bernard Sanders como de Trump; el cuestionamiento de Trump al sistema democrático norteamericano: la separación de poderes y la solvencia y transparencia de sus elecciones; también el daño hecho a los valores de su partido y enfrentado a su dirigencia. 

Pero, como para Cuāuhtēmoc, el último tlahtoāni mexica, este período para los demócratas tampoco ha sido “un lecho de rosas”: lo que al inicio para Hillary Diane Rodham Clinton parecía una segura elección como candidata presidencial —pocos contrincantes (6), apoyo del establishment y la maquinaria del partido— se convirtió en una angustiosa batalla voto a voto en las primarias contra Sanders, de quien tuvo que incluir muchas de sus propuestas en su plataforma; la impopularidad de Clinton —una encuesta nacional (ABC/WPost) publicada este 2 le daba 60% de opinión desfavorable— y el escándalo de los emails —su gran imprudencia cuando era Secretaria de Estado—, agravado por el tardío anuncio de nuevos correos por James Comey, director del FBI y exrepublicano, aunque a dos días de las elecciones nuevamente la exoneró.

Hoy, además del Presidente y Vicepresidente —por el sistema de votos de los compromisarios electos—, los estadounidenses seleccionarán 34 de los 100 senadores, los 434 representantes y 13 gobernadores, además de muchas elecciones locales. Además de Clinton y Trump y sin ningún chance hay otros candidatos: Gary Johnson (Libertarian Party), Jill Stein (Green Party), David McMullin (Better for America, parte de Stop Trump Movement), Gloria La Riva (Party for Socialism and Liberation y Peace and Freedom Party), Laurence Kotlikoff (independiente con apoyo de Americans Elect), Roque De La Fuente (Reform Party y American Delta Party) y Darrel Castle (Constitution Party).

Entre 1831 y 1833, Alexis-Henri-Charles de Clérel, vizconde de Tocqueville, analizó la democracia estadounidense —Francia recién empezaba su experiencia de monarquía constitucional con Luis Felipe I— en su libro De la démocratie en Amérique donde señaló: «Las sociedades políticas son, no lo que les hacen las leyes, sino lo que les preparan a ser de antemano los sentimientos, las creencias, las ideas, los hábitos de corazón y de mente de los hombres que las componen, lo que el temperamento y la educación han hecho de ellos.»

Hoy se enfrentan la representante del establishment político estadounidense —las encuestas del fin de semana le ampliaban su margen favorable— con el del mundo del entretenimiento. Yo no votaría por el showbiz.

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miércoles, 2 de noviembre de 2016

Democracia en prueba


Pocas veces la democracia que dejaron los padres fundadores de la Unión Americana ha estado tan en entredicho como en estas elecciones. La verborrea más agresiva, la falta casi general de propuestas, los populismos de la más diversa orientación —Trump y Sanders—, la proliferación de precandidatos —iniciaron 19 republicanos y 7 demócratas—, los candidatos más rechazados —a fines de agosto (Washington Post/ABC News), Clinton tenía 59% de rechazo en votantes registrados y Trump 60%—, un candidato del que su propio partido se aparta —Trump— a la vez que admira un gobernante poco amigo —Putin— y amenaza desconocer resultados, además del aparente intento del director del FBI —James Comey, republicano— para favorecer a Trump son parte de un álgido escenario que mantendrá en vilo a todo el mundo hasta los resultados del próximo martes.

Hoy las encuestas daban a Clinton ventaja entre 2 y 3% sobre Trump, una caída tras el anuncio del FBI sobre nuevos correos investigados. Y aunque los días que faltan pueden traernos cualquier escándalo —ya debíamos estar acostumbrados—, la batalla se reduce a unos cuántos estados indecisos, sobre todo Florida que con sus 29 votos para el Colegio Electoral puede mover la decisión —o enturbiarla como en 2000.

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