martes, 4 de marzo de 2014

Moloch Baal y el populismo latinoamericano

«Los brazos de bronce estaban trabajando más rápidamente. Ya no se detuvieron. Cada vez que un niño se colocó en ellos, los sacerdotes de Moloch […] vociferaban: “¡Ellos no son hombres, sino bueyes!” y la multitud alrededor repetía: "¡Los bueyes! bueyes".» [Salammbô (Gustave Flaubert, 1862)]

Flaubert logró recrear con mucha vitalidad —que nos espeluzna, diría más— una de las más sangrientas etapas de la historia cartaginesa, luego de la Primera Guerra Púnica, mezclando lo que cuenta la Historiae del griego Polibio con la fantasía. El fragmento de su novela Salammbô en el que describe los sacrificios de niños vivos en la caldera que representaba al dios Moloch Baal es, sin duda, uno de los más crueles de la literatura occidental, no sólo por la violencia que dimana de su descripción sino, además, porque todo el tiempo Flaubert —narrador omnisciente— nos deja entender su futilidad.

Regresando a nuestros tiempos, discrepo con la opinión del cínico amigo —lo dice el autor, no yo— que Moisés Naim menciona en su columna «¿Qué está en juego en Venezuela?» en el español El País cuando dice “América Latina no es competitiva ni siquiera en sus tragedias”. Porque si en algo la Región “da cátedra” a cualquier otra es en un “pecado” que ha permeado la historia latinoamericana desde sus inicios independientes pero que desde mediados del siglo pasado y más en la década pasada ha retomado fuerza, transgrediendo muchas veces las leyes de la economía y el desarrollo: el populismo.

Aunque el populismo no es una “invención” latinoamericana: el populismo (del término latino populus: "pueblo") como corriente que busca lograr la justicia y el bienestar social a través de afianzar el Estado como defensor de los intereses de la población mediante el ejercicio del estatismo, el intervencionismo y la seguridad social, lo podemos encontrar  tan antiguo como en el último período de la República Romana (ss. ii y i a.C.) liderado, entre otros, por los hermanos Tiberio y Cayo Sempronio Graco —tribunos de la plebe— y el mismo Cayo Julio César, pero es en Latinoamérica donde se da el caldo principal de cultivo para la aplicación de métodos populistas, ya sea en gobiernos de derecha y centroderecha —ejemplificados en los de Manuel Odría Amoretti en Perú, Marcos Pérez Jiménez en Venezuela y Luis Muñoz Marín en Puerto Rico en una etapa primera, y los neopopulistas de los años 90 (mezcla de populismo y neoliberalismo): Carlos Saúl Menem Akil en Argentina y Alberto Fujimori Fujimori en Perú (incluyendo, moderadamente, a Álvaro Uribe Vélez en Colombia y Vicente Fox Quesada y Felipe Calderón Hinojosa en México)— como de centro, centroizquierda e izquierda — Hipólito Yrigoyen Alem en Argentina, Plutarco Elías Campuzano (conocido como Plutarco Elías Calles) en México, Juan Velasco Alvarado en Perú, Jacobo Árbenz Guzmán en Guatemala, Carlos Ibáñez del Campo  en Chile, Carlos Andrés Pérez Rodríguez en Venezuela (primer gobierno) e, incluso, Fidel Castro Ruz en Cuba antes de la declaración socialista, y los recientes miembros de la ALBA (denominada “tercera ola populista latinoamericana”): Hugo Chávez Frías en Venezuela (y el descalabro de su heredero Nicolás Maduro Moros), Néstor Kirchner Ostoić y su viuda Cristina Fernández Wilhelm en Argentina, Evo Morales Ayma en Bolivia, Daniel Ortega Saavedra  en Nicaragua y Rafael Correa Delgado en Ecuador (el más pragmático de todos), además de en parte también por Fernando Henrique Cardoso, Luiz Inácio Lula da Silva y Dilma Vana Rousseff en Brasil— han utilizado métodos populistas, porque el populismo no es ideología sino forma de gobernar y detentar el poder.

Aunque existió desde la independencia —ejemplo fue el Tata Belzú (Manuel Isidoro Belzú Humerez, Presidente de Bolivia entre 1848 a 1855) repartiendo al voleo monedas a la muchedumbre popular frente al Palacio de Gobierno en La Paz a mediados del siglo xix—, es en el siglo xx que adquiere carta de ciudadanía con el nacional-populismo histórico de gobiernos como —sin agotar la lista— el de Lázaro Cárdenas del Río en México, José María Velasco Ibarra en Ecuador y Getúlio Dornelles Vargas en Brasil pero, sin dudas, el paradigmático fue Juan Domingo Perón Sosa en Argentina; presidente en tres ocasiones entre 1946 y 1955 y 1973 y 1974 (por fallecimiento), creador del Justicialismo —en el que han convivido la extrema derecha de la Triple A y la ultraizquierda de los Montoneros— que, con programas de justicia social que muchas veces fueron realmente efectivos pero con desacertados ejercicios económicos, logró “convertir” a Argentina de uno de los diez países más ricos del mundo —aunque con desigualdad social— a comienzos del siglo pasado en otro en crisis periódicas, como la actual.

En lo general, el populismo se arroga la “representación del pueblo” y adopta políticas económicas de carácter redistributivo, a la vez que tiene la imperiosa necesidad de “construir” un antagonista, ya sean las oligarquías o sectores foráneos o ambos, que actúe como Némesis de su acción. Basada esta forma de ejercer el poder a través de un líder carismático —por lo común, paternalista— que las clases desfavorecidas se lo identifican y lo apropian como suyo —aunque, con frecuencia, no lo sea y se aproveche para su propio beneficio de esa asimilación e identificación—, lo que les conlleva asumir que este líder entiende sus problemas y dificultades y trabaja para solucionarlos, percepción que el líder refuerza por medio de incrementar su popularidad —tanto por implementar políticas de corto plazo de beneficio popular, aunque contravengan las leyes, como por el empleo de la cada vez más incrementada propaganda oficial centrada en su liderazgo y la permanente movilización social de las agrupaciones que ha creado o aliado.

La etapa histórica que nos interesa —siglo xxi latinoamericano— se caracteriza por la conclusión de las transiciones democráticas en la Región y el agotamiento del paradigma neoliberal que imperó después las crisis generalizadas de mediados de los años 80 en la Región. 

En su Decálogo del Populismo, el historiador y ensayista mexicano Enrique Krauze sistematiza características comunes de los gobiernos eminentemente populistas. Llevadas a un plano de ejercicio pleno, analizaré la exacerbación de sus componentes: El populismo —entendido como Política de Estado— exalta al líder carismático, el “hombre providencial que resolverá, de una buena vez y para siempre, los problemas del pueblo”; un líder populista llega a existir sobre la realidad —Perón Sosa y Eva Duarte Ibarguren, Evita, para muchos “la capitana abanderada de los humildes” y “la jefa espiritual de la Nación” que a la vez que preconizaba medidas sociales se enriquecía y ostentaba esa riqueza con el beneplácito “cómplice” de los más necesitados— e incluso más allá de ella —como en el caso de Chávez Frías, que su sucesor ha convertido en un culto cuasi religioso. El líder populista llega a apoderarse y abusar de la palabra, fabricando “su” verdad y evitando —prohibiendo incluso— la intermediación mediática; cuando se exacerba, es el único “intérprete” —siempre emocional— de la Vox populi, eliminando la libertad de expresión y el pluralismo, convirtiendo los medios dicotómicamente en sus dependientes o en sus enemigos —CFK y Correa Delgado— y puede llegar a al blackout informativo —Maduro Moros. Su concepción de la economía llega a ser “mágica”, con un Estado interventor en las actividades económicas —con nacionalizaciones que no siempre se justifican y redistribuciones de la riqueza (que pueden ser necesarias como concepto de política social e, incluso, económica en el caso de la tierra) que fracasan cuando no se acompañan de planes de desarrollo sostenible, que es lo más común—, que se convierte en Estado-empresario y emprende políticas redistributivas —casi siempre desde el asistencialismo—; manejando el erario público en forma discrecional — volitiva y arbitraria muchas veces, las que concluyen en desastres descomunales— en sus decisiones y proyectos, sin tomar en cuenta los costos —a veces, incluso, para enriquecerse él y su entorno, que lo medra— y menos los ingresos a mediano plazo sino agotando la riqueza acumulada o la coyuntural, creando una mentalidad prebendalista y asistencialista sin crear riqueza sostenible ni, muchísimas veces, empleo de calidad por lo que, pasada la bonanza o agotados los recursos anteriores, se revierten los logros sociales y pueden, incluso, agudizarse más; pero su munificencia no es gratis: su ayuda es focalizada porque la cobra en apoyo e, incluso, obediencia —como el dicho popular: “o estás conmigo o estás sinmigo”, glosa del bíblico “el que no está conmigo, está contra mí” [Lucas 11, 15-26]. El líder populista paradigmático alienta el odio de clases pero se aprovecha —y beneficia de ellos, a la vez que los beneficia— de quienes lo apoyan dentro de esas mismas clases oligarcas que él critica. Es el Gran Convocante que moviliza permanentemente a los grupos sociales que lo apoyan —la más de las veces generados por él dentro de un Corporativismo Estatal de Inclusión y de los que, en ocasiones, forman parte sus grupos de choque— y, como es inmune a las críticas por ser investido de la Vox populi, achaca todos los males existentes al “enemigo exterior” —imaginario en ocasiones, siempre representado en el “Imperio yankee” aunque no sea el único (como Uribe Vélez fue para Chávez Frías y hoy para Maduro Moros)— y a la oligarquía, aunque sean de propia generación; usualmente pretendido originario —porque descarta todo el pasado por “nefasto” y promueve la desconfianza y rechazo de lo hecho por quienes le antecedieron, por más justas o beneficiosas que fueran esas acciones— a la vez que propugna la “ley natural”. Al final, en palabras de Krauze, el “populismo mina, domina y, en último término, domestica o cancela las instituciones de la democracia liberal”, a lo que agrego que, cuando se convierte en Política de Estado y el Líder es arropado en el voto masivo —o mayoritario— como representación valedora de su cualidad democrática, convierte el ejercicio democrático en democracia directa con apoyo de sus movimientos sociales —que pueden llegar a sustituir, real o efectivamente, a las representaciones delegadas dentro de la democracia representativa—, coaptando a su arbitrio los Poderes e instituciones del Estado y desarrollando esquemas cada vez más autoritarios.

Todas estas características anteriores están ejemplificadas en los dos países en crisis actualmente: la Argentina de Néstor Kirchner Ostoić y su sucesora (y luego viuda) CFK —a quienes el analista Andrés Oppenheimer llamó “Gobierno conyugal” y que yo inscribiría como tradición del justicialismo, recordando a Perón Sosa y Evita, primero (aunque ella no gobernó sola porque su muerte temprana lo truncó, sí cogobernó efectivamente con su marido), y luego a él mismo con  María Estela Martínez Cartas, Isabelita, que lo sucedió constitucionalmente— y la Venezuela de Hugo Chávez Frías y Nicolás Maduro Moros. Ambos países hoy —más Venezuela pero cerca Argentina— están inmersos en “tormentas económicas perfectas”: junto con un descrédito creciente del Estado se produce alta inflación, escasa o nula inversión, crisis de los servicios públicos, depreciaciones aceleradas de la moneda oficial, crecimiento del PIB nulo —incluso decrecimiento en sectores generadores de riqueza y empleo, como el industrial—, dependencia ascendente de la cotización de commodities —petróleo en Venezuela, soya en Argentina— y de las importaciones junto con reducción significativa del nivel de vida de la población —sobre todo en las clases medias y emergentes, volviendo a cotas superiores de ambos niveles de pobreza—, entre otros comunes a ambos, a lo que en Venezuela se adiciona un desabastecimiento muy creciente y medidas cortoplacistas que generan más crisis.


Al final de cuentas, políticas populistas han estado presentes en casi todos los gobiernos latinoamericanos, incluidos los del desarrollismo de los 60 y 70 preconizado por Raúl Prebisch Linares y la CEPAL. El peligro es cuando el populismo muta de instrumento y se convierte en política de Estado y el líder populista sustituye al Estado por la “voluntad del pueblo”, es decir: de ÉL, y se cumple la advertencia del revolucionario francés Honoré Gabriel Riquetti, Conde de Mirabeau: “El mayor peligro de los gobiernos es querer gobernar demasiado.”

El populismo impreciso y ambivalente es, entonces, como Moloch Baal: devora a las criaturas que lo adoran.



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Uno más otro y más…

‘Necesitas caret lege’ (la necesidad carece de ley), viejo adagio de origen latino.


Se difundieron estos días las reuniones del gobernador cruceño Rubén Costas Aguilera, líder y candidato presidencial del Movimiento Demócrata Social (MDS), con los líderes del Movimiento Sin Miedo (MSM) Luis Revilla Herrero, alcalde de La Paz, y Juan del Granado Cosío, su candidato, que destacaron coincidencias. Con ello, dos fuerzas básicamente regionales buscarían repotenciarse en regiones donde son deficitarias. ¿Es camino a una alianza? Es probable.

Un análisis pragmático pudo basarse en la realidad del electorado y la debilidad intrínseca de la dispersión (como señalé en “Más serán menos”). Aunque no soy proclive a basar como definitivas encuestas de intención (la de Tal Cual publicada fue bien justificada) a ocho meses de las elecciones, analizaré hipotéticamente con  el panorama bastante avanzado (en una larga campaña que inició en 2010)

Descontando que el presidente Morales Ayma parte con 45,7% de intención (la barrera es 40% a 10% del siguiente), muy lejos de 74% que se autoaugura (aunque IPSOS APOYO recién le asignó 68% de aprobación de gestión), el crecimiento de las candidaturas estará en los que no contestaron: 19,4%. Dividiendo a los opositores al MAS-IPSP en 2 grupos (uno con más de 3% para mantener registro y el otro con menos), en el primero estarían Samuel Doria Medina Auza (13,4% con Unidad Nacional en el Frente Amplio, FA), Costas Aguilera (9,1%, comparte con Morales Ayma el primer lugar en rechazo: 19%), Del Granado Cosío (4,4%, segundo en rechazo: 18%) y Jorge Quiroga Ramírez (4,2%, aún fuera de lid), y en el segundo Adriana Gil Moreno (2,8% con Fuerza Social Demócrata), Félix Patzi Paco (0,9% con Integración para el Cambio) y Fernando Untoja Choque (0,1% con Poder Kolla Nacional).

Descartando los segundos por intrascendencia electoral y a Quiroga Ramírez por la imposibilidad de apoyos significativos, quedan FA, MDS y MSM. La alianza que se está visibilizando ahora (MDS+MSM) recibiría un magro 13,5% de intenciones (aunque sería primera oposición en Pando y Santa Cruz y ganaría en Beni), mientras un gran bloque con FA (salvadas las diferencias y con candidato de elección abierta) sumaría 26,9%. Sin embargo, la encuesta da para la candidatura única opositora 34% de intención (y podría ganar Beni, Chuquisaca, Tarija y, probable, Santa Cruz) y para Morales Ayma 41% (menos de 10% de diferencia), creciendo los dudosos en 25%.

El acercamiento MDS+MSM, con intenciones escasas y regionales, ¿es un paso hacia un verdadero Frente Amplio? Aún no pero puede ser el camino. MDS tiene grandes divergencias con Consenso Popular (integra el FA) e su antiguo aliado cívico, el senador Germán Antelo Vaca, y esto (unido al protagonismo) es, hoy aún, un escollo para una alianza global, pero el MSM, con el candidato más débil y en retroceso, puede ser el factor vinculador.

La constatación de espacios posibles a conquistar en los comicios de octubre de este año pueden ser definitorios en la decisión final. Y los que aún dudan serán muy apetecidos.



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lunes, 24 de febrero de 2014

Elecciones locales como referéndum

Cuando la oposición venezolana de la MUD proclamó que las elecciones municipales del 8D eran un plebiscito de la gestión de Maduro Moros tomó un riesgo importante que después pagaría caro: aunque obtuvo las alcaldías de la mayoría de las principales ciudades —algunas retuvo y otras ganó— pero redujo sensiblemente su votación: casi un millón de votos menos que el oficialismo remeció a la cúpula opositora y abrió para el protagonismo más radical.
El presidente Correa Delgado cayó en el mismo error para las elecciones de este domingo en Ecuador: Con licencia aprobada por la Asamblea Nacional, el presidente abanderó el proselitismo para los candidatos de su partido ALIANZA PAÍS, pidiendo a los electores que respaldaran su “revolución ciudadana”. De las dos principales ciudades —Guayaquil y Quito—, en la primera buscaba la probable reelección el socialcristiano Jaime Nebot Saadi pero en Quito competían cercanos el actual alcalde y candidato oficialista Adrián Barrera Guarderas y el candidato opositor —y ex candidato presidencial en 2013, donde quedó cuarto— Mauricio Rodas Espinel.
La victoria de Rodas Espinel y Nebot Saadi —falta conocer el resto del país— deja muy mal parado a Correa Delgado y la hegemonía de ALIANZA PAÍS. Aunque en ámbitos distintos, deberá pensar mejor su reforma constitucional frente al nuevo panorama del país.


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miércoles, 19 de febrero de 2014

Con pecado concebido

«El populismo es un insulto a los que pensamos que el pueblo es más simpático que las oligarquías.» [Paco Ignacio Taibo II, escritor, periodista y activista político hispanomexicano]

El peccātum (pecado) identificaba la transgresión de lo considerado “bueno”, lo que para los griegos era hamartánō (“el lancero que erraba su blanco”) mientras para los hebreos era jattáʼth (“errar”, no alcanzar una meta). Yo me referiré al “pecado” transgresor de las leyes del desarrollo económico: el populismo.

Tan antiguo como la República Romana, es en Latinoamérica donde se afianza el populismo, de derecha como de izquierda porque no es ideología sino forma de gobernar. Aunque existió desde la independencia, el paradigma fue Juan Domingo Perón Sosa quien, bajo un programa de justicia social, convirtió Argentina de uno de los diez países más ricos del mundo (aunque con mucha desigualdad) en otro en crisis periódicas, como la actual.

El populismo nace de un líder carismático percibido como defensor del pueblo contra los intereses oligárquicos y foráneos que, para ello, interviene la economía con regulaciones y estatismo e implementa políticas redistributivas asistencialistas aprovechando períodos de bonanza económica. Pero como este modelo (que sin dudas mejora coyunturalmente la calidad de vida de la población de menos recursos y reduce significativamente la pobreza) no se orienta a la creación de empleo sostenible de calidad, cuando se reducen los ingresos extraordinarios genera inflación galopante, aumento de la pobreza, iliquidez, carestía y demás consecuencias negativas.

En su Decálogo del Populismo, Enrique Krauze sistematiza sus características comunes, entre ellas: “fabrica la verdad”, moviliza permanentemente a los grupos sociales y achaca los males al “enemigo exterior” a la vez que reparte directamente la riqueza con uso discrecional de los fondos públicos, como ha sucedido en dos países hoy en crisis: la Argentina de Néstor Kirchner Ostoić y CFK y la Venezuela de Hugo Chávez Frías y Nicolás Maduro Moros.

La vocación solidaria de HChF (más allá de sus métodos y por los ingentes ingresos por el petróleo) favoreció a las clases populares que los últimos gobiernos de la Cuarta República olvidaron. Sin embargo, el modelo asistencialista unido a su exportación política generaron condiciones críticas agudizadas por la muerte del líder, herencia que su sucesor (sin su carisma ni poder) administra con soluciones irreales a la vez que busca consolidar su legitimidad. En este proceso acelerado de autodestruirse el impacto social de la Revolución Bolivariana, surge el fenómeno del 12F (encabezado por sectores estudiantiles más allá de los liderazgos opositores); su desenlace cada vez se aleja más de una conciliación nacional por la espiral de violencia y negación que se ha generado, sobre todo desde el Poder, en un “empate catastrófico” que llevaría a una “tormenta perfecta” (socioeconómica y política) imparable de resultados imprevisibles.



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domingo, 9 de febrero de 2014

Una votación entre la continuidad y el cambio

(Originalmente: "Costa Rica votó: Cambio con continuidad")

El domingo 2 de febrero los electores de Costa Rica votaron en sus elecciones nacionales para decidir si querían un cambio en su política nacional o la continuidad de la vigente en este país de democracia estable y economía abierta. Y para cambio las opciones eran la izquierda bolivariana —Frente Amplio (FA)— o derecha liberal —Movimiento Libertario (ML).

Y los ticos decidieron cambio pero, también, continuidad cuando le dieron pase al ballotage al partido de gobierno —Liberación Nacional (LN), centro— con un candidato (Johnny Araya Monge) que se proclama socialdemócrata, y a Acción Ciudadana (PAC) —centroizquierda (con sectores a la izquierda y a la derecha) socialdemócrata— con un candidato (Luis Guillermo Solís Rivera) que recién surgía en su partido —aunque había sido Secretario General de Liberación Nacional. El mandato popular fue preciso: a Solís Rivera, cambio moderado; a Araya Monge, mejorar la gestión —que significa lo mismo.

La segunda vuelta va a ser complicada por las alianzas. Al PAC, que sacó 31,03% de la votación válida, sus opciones están entre Frente Amplio —que ya denominó al PAC “derecha que no roba”— y Unión Social Cristiana (PUSC) —centroderecha—, mientras que para LN (29,55 %) las opciones son más amplias, tanto de sus actuales aliados como de la misma USD; el Libertario sería una opción extrema.

Y si difícil es ganar la segunda vuelta, más va a ser la gobernabilidad después porque en la Asamblea Legislativa nueva habrá, al menos, 8 partidos y ninguno mayoritario.


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martes, 4 de febrero de 2014

Centroamérica elige

El domingo 2 de febrero los electores de El Salvador y Costa Rica fueron a elegir sus autoridades nacionales con la disyuntiva de mover el diapasón ideológico de sus países, en un período cuando el postchavismo en Venezuela y el kirchnerismo en Argentina sufren un desgaste importante y sus economías en crisis.

Mientras que en Costa Rica el dilema para los electores era entre centro con Liberación Nacional (LN, en el gobierno), izquierda bolivariana con Frente Amplio (FA), centroizquierda con Acción Ciudadana (PAC, partido que desde 2002 compitió con LN, del que se separa, con Ottón Solís Fallas de líder y candidato hasta 2010) y derecha liberal con Movimiento Libertario (ML) aunque, por las características de su sistema de partidos políticos, compitieron 13 nacionales. En las encuestas de intención de voto, el LN había sido permanentemente puntero y, sorpresivamente, su seguidor fue —casi hasta el final, cuando descendió— el FA, seguido del ML; el PAC, originalmente descartado en las encuestas, subió significativamente hacia el final de las campañas. Los resultados confirmaron la preferencia del electorado por los cambios moderados cuando le dieron el primer lugar a Luis Guillermo Solís Rivera (PAC y ex LN) con 31,03% de votos válidos y el segundo a Johnny Araya Monge (LN) con 29,55% (virtual empate con menos de 1.5% de los votos emitidos) y una caída para el FA de hasta 12% de sus más altos valores encuestales; sin embargo, hasta ahora LN supera al PAC en diputados, en una Asamblea Legislativa de 57 miembros distribuidos en 9 partidos, un reto para la gobernabilidad de quien gane en segunda vuelta, que considero sea LN pues no creo que el PAC se comprometa con el FA.

En la elección salvadoreña (la más significativa en lo ideológico), la izquierda bolivariana —FMLN— con 48.92% superó la derecha —ARENA, 38.95%— y la centroderecha —Movimiento UNIDAD, 11.44%, fracturado de ARENA. Sin embargo a su primer lugar, el FMLN (ahora con candidato propio, Salvador Sánchez Cerén, y no “invitado”, como fue Mauricio Funes Cartagena, presidente desde 2009 y acusado por el FMLN de moderado) no ganó las elecciones porque no superó la barrera de 50% más uno de los votos válidos, por lo que competirá en el balotaje con Norman Quijano González (ARENA); la posible alianza ARENA-UNIDAD ganaría si ambas organizaciones superan diferencias alrededor del expresidente Antonio Saca González, ahora líder de UNIDAD, aunque se especula del posible apoyo de UNIDAD al FMLN (que considero menos factible).

Con estos resultados, Costa Rica decidirá el 6 de abril entre el centro-centroizquierda (ambos se han reafirmado como socialdemócratas) mientras El Salvador el 9 de marzo lo hará entre los bolivarianos y la derecha. Entonces conoceremos cuál color político primará en Centroamérica los próximos años, con Guatemala en la centroderecha (donde posiblemente también siga Panamá), derecha en Honduras e izquierda bolivariana en Nicaragua.



Referencias

https://www.tse.go.cr/pdf/normativa/estatutos/alianzademocratacristiana.pdf

Centroamérica vota entre la continuidad y el cambio

El 2 de febrero los electores de El Salvador y Costa Rica van a las urnas para elegir sus autoridades nacionales. Y en ambos, los electores tienen la disyuntiva de mover el diapasón ideológico.

En Costa Rica, ningún partido —compiten 13— ganará en primera vuelta; para la segunda, con seguridad competirá Liberación Nacional —centro, en el gobierno— con Frente Amplio —bolivariano— o Movimiento Libertario —derecha liberal— aunque Acción Ciudadana —centroizquierda— recién ha subido bastante: si es Frente Amplio, ganará Liberación Nacional porque la mayoría de electores preferirá la tendencia moderada pero si es Movimiento Libertario —o hipotéticamente Acción Ciudadana, lo que es menos posible— sí pudiera darse el voto castigo al poder.

Pero la elección salvadoreña será la más significativa en lo ideológico, confrontándose la izquierda bolivariana —FMLN— con la derecha —ARENA— y la centroderecha —Movimiento UNIDAD, fractura reciente de ARENA. Después de su cruenta guerra, ARENA gobernó entre 1989 y 2009 cuando ganó el FMLN con un candidato “invitado” —el moderado Mauricio Funes Cartagena—; ahora, con candidato propio y fluctuantes encuestas que son favorables al FMLN pero con intenciones de voto insuficientes para ganar en primera vuelta, la posible alianza ARENA-UNIDAD ganaría en segunda —aunque se especula del apoyo de UNIDAD al FMLN, para mí es menos probable.


Las dos serán importantes para Latinoamerica: Cuando en Venezuela el postchavismo y en Argentina el kirchnerismo están económicamente muy complicados y cuestionados, sus resultados tendrán fuerte influencia en la correlación regional.