martes, 6 de marzo de 2012

Cuaresma, siempre


El Tiempo de Cuaresma es el tiempo de preparación para el Cambio cuando, en un sentido muy amplio, dejamos el egoísmo de ser nosotros individuos para ser nosotros comunidad, representada en la Iglesia pero, aun más, en ser mejores y más identificados con el contenido de la Palabra, base de todo el cristianismo.
La Cuaresma es el período que va desde el fin del Carnaval, caracterizado por el Miércoles de Ceniza, hasta el Domingo de Resurrección. Un ciclo de cuarenta días que repetimos cada año y que tiene muchos símbolos judeocristianos: los 40 días del retiro de Jesús al desierto, para meditar y enfrentar al Mal; los 40 días que Moisés –conductor (líder) de su pueblo– aguardó antes de subir al Monte Sinaí, en preparación para recibir las Tablas de la Ley, la Justicia de su pueblo; los 40 días que el profeta bíblico Elías caminó hacia el Horeb (el mismo Monte Sinaí), en una transición desde la desesperanza hasta el convencimiento de su misión, a pesar de los peligros. También 40 días fue el plazo que el profeta Jonás dio a los habitantes de Nínive para su conversión o para su destrucción. Y también 40 –pero años– fueron los que duró la marcha de los judíos por el desierto hacia su Tierra prometida.
Pero si esos días-símbolos de la Cuaresma (meditar para enfrentar al Mal y para dar Justicia a su pueblo; perder la desesperanza y persistir en su misión, a pesar de los peligros que conlleve; superar las injusticias, y convencerse de lograr la Felicidad) no bastaran, en el Evangelio de Marcos hay otra lección importante: Hay que escuchar, porque es la única forma de entender. Ése es el mensaje dirigido a Pedro –y a nosotros– durante la transfiguración de Jesús y la aparición de Elías y Moisés.
Durante años, a veces se repite que la Cuaresma es un desarme espiritual. Yo la siento, aun más, como la preparación para una nueva etapa en nuestras vidas que nos da, al final del período, nuevas actitudes. Porque ése es su objetivo: prepararnos para cambiar, para lograr un cambio positivo en nuestras vidas.
Y eso es lo que más nos falta: Un cambio positivo en nuestras vidas cotidianas, en nuestras actitudes.
Cuando meditemos sobre las consecuencias futuras para nuestro prójimo de los actos que decidimos hacer antes de ejecutarlos; cuando dialoguemos antes de actuar –muchas veces irreversible y lamentablemente–; cuando no nos precipitemos en nuestras palabras y acciones, sin ver las consecuencias de ello, y cuando comprendamos que el Bien no es una parcela restringida para elegidos –no importa quiénes sean– sino es un derecho común, entonces habremos vivido la Cuaresma.
Para los políticos, en su calidad de actores individuales por ser conductores, y para todo el pueblo –sin distinciones ni etiquetas– como actor colectivo, estos mensajes que conlleva la Cuaresma deben servir para replantear actitudes y lograr un nuevo actuar, sin sorderas ni prepotencias ni violencias.
Si no, no habremos entendido por qué, al final de la Cuaresma, Él resucitará.
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