martes, 25 de noviembre de 2014

El arte de la pusilanimidad

«Mejor pocos truenos en la boca y más rayos en la mano.» [Proverbio apache.]

«Falto de ánimo y valor […] para intentar cosas grandes» define “pusilánime” la Real Academia Española: grave en un gobernante porque sus indecisiones tendrán malas consecuencias para sus gobernados.

Dos tipos de pusilánimes: el que actúa impelido y el que deja la solución al tiempo. Ejemplo del primero, el presidente Barack Obama; del segundo, Mariano Rajoy Brey, presidente del Gobierno de España; de ambos, el presidente mexicano Enrique Peña Nieto. (En otros artículos, comenté que a la presidente Dilma Vana da Silva Rousseff de Brasil le era muy difícil asumir decisiones imperiosas y no la incluyo acá porque no actúa por pusilanimidad sino porque hacerlo sería el suicidio político para su partido y el legal de muchos de sus líderes.)

Los éxitos de Obama (recuperación moderada de la crisis económica; reforma de salud, entre otros) son opacados por la demora en medidas prometidas, como la reforma migratoria que, si bien era difícil de conciliar con un House de Representatives dominado entonces por el Tea Party, ejecutivamente (como ha hecho después) pudo avanzar mucho antes; ahora, con un Congreso donde su partido no consiguió mayoría en Representantes y perdió el Senado, su batalla será para impedir derogar el Obamacare y lo avanzado (aún insuficiente) de la reforma migratoria. Lo paradójico es que, si la oposición republicana en el Congreso tuviera éxito contra estas medidas, perderá el voto hispano y pobre y facilitará el camino a un candidato demócrata fuerte.

El Partido Popular español con Rajoy Brey heredó un país en grave crisis, negada por la anterior administración enferma de inmovilismo, pero sus reformas económicas (asaz justificadas por la desastrosa situación económica) pecaron de verticalidad y falta de consenso, apoyadas en su amplia mayoría parlamentaria. Y nada más. La explosión de grave corrupción dentro (o silenciada) del PP; el inmovilismo frente al problema catalán (que puede degenerar en la convulsión de todos los nacionalismos latentes y en una crisis profunda del Estado español), y la inopia ante la solicitud de reformas estructurales, por mencionar tres muy graves, han conllevado una pérdida de credibilidad en el Ejecutivo y reforzado más la crisis del sistema de partidos vigente desde la Transición.

La crisis de México mezcla decisiones trascendentales con el síndrome del avestruz. Un inicio augurioso de Peña Nieto con reformas fundamentales consensuadas ilusionaron que era un nuevo PRI el que gobernaba; pero detrás se escondía (más violento) lo que le derroto años atrás: corrupción y desgaste de la clase política. La masacre de Ayotzinapa es un capítulo más de la narcopolítica que cogobierna en contubernio con parte de esa clase política. La casi inmovilidad presidencial las primeras semanas y, después, su viaje al exterior demuestran este mix de “dejar a ver si todo se arregla” con el “aquí no pasa nada” (y, peor, con el alud de la “Casa Blanca”).


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