«Madiba
no sólo fue un ciudadano de Sudáfrica y del extenso continente africano, sino un
ciudadano del mundo.» [Temba Matanzima, portavoz de la familia Mandela]
Estos días, sin distinción de ideología, credo ni origen étnico,
todos se han ocupado del que, sin duda alguna, fue el último apóstol vivo de la
conciencia humana y de la no violencia.
Cuando a las 20.50 del pasado 5 falleció Nelson Rolihlahla Mandela
—Madiba, “el grande”; Tata, “el padre”—, concluyeron los 181 días de su agonía y
Sudáfrica y el mundo empezaron a honrar la memoria de un hombre que, junto con Mohandas
Karamchand Gandhi —Mahatma, “el alma grande”; Bāpu, “el padre”—, fueran apóstoles
de la no violencia y que pudieron construir nuevas naciones en sus patrias.
Largos, como debían ser para un hombre que es el padre del
país, serán los funerales de Madiba. El martes el 10 de diciembre será la misa oficial en el FNB Stadium de Soweto en Johannesburgo
—el mismo lugar de “Invictus” y donde apareció públicamente por última vez
Mandela en silla de ruedas durante la clausura del Mundial de Fútbol en 2010—; del miércoles 11 al viernes 13 será la capilla
ardiente en los Union Buildings de Pretoria, sede desde donde él gobernara
entre 1994 y 1999; durante esos días, su ataúd recorrerá las calles de Pretoria
para que toda la población pueda darle su ultimo saludo. El último homenaje
será el funeral de Estado en su pueblo natal de Qunu, donde será enterrado por
expreso pedido suyo, y al que asistirán 9.000 invitados.
En “Invictus”, antes
de la final Mandela le entregó al capitán del equipo surafricano, Francois Pieenar,
el breve poema homónimo del poeta inglés William Ernest Henley que
fue una de las lecturas de Mandela en los largos años de la cárcel de Rodden
Islands. En la realidad, el texto que le entregó fue “El hombre en la arena”,
que era parte de un discurso que el expresidente norteamericano Theodore
Roosvelt leyó en La Sorbonne de París en 1910 y que hoy, a la muerte de
Mandela, cobra nueva vigencia: "El reconocimiento pertenece a los hombres que
se encuentran en la arena, con los rostros manchados de polvo, sudor y sangre; aquellos
que perseveran con valentía; aquellos que yerran, que dan un traspié tras otro,
ya que no hay ninguna victoria sin tropiezo, esfuerzo sin error ni defecto. Aquellos
que realmente se empeñan en lograr su cometido; quienes conocen el entusiasmo, la
devoción; aquellos que se entregan a una noble causa; quienes en el mejor de los
casos encuentran al final el triunfo inherente al logro grandioso; y que en el peor
de los casos, si fracasan, al menos caerán con la frente bien en alto, de manera
que su lugar jamás estará entre aquellas almas que, frías y tímidas, no conocen
ni victoria ni fracaso".
Al cumplir 16 años,
Mandela —como adolescente xhosa— participó en la tradicional ceremonia de
inicio de su vida adulta y recibió el nombre de Dalibhunga, que significa
“creador o fundador del consejo” o “coordinador del diálogo”. Un nombre
que caracterizó su gran obra.
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