Esta semana, Daniela Murialdo López presentó en Santa Cruz de la Sierra su Manifiesto incorrecto, la agrupación de cincuenta de sus columnas
de opinión en diversos medios nacionales (a las que Daniela no quiso fechar para
que no calcularan cuántos años llevaba en el oficio de enfrentar desde la Verdad).
Los comentarios enjundiosos
de Paula Peña Hasbún y de Óscar Ortíz Antelo esa noche sobre el libro y el comentario
de Carlos Hugo Molina luego en redes debieron inhibirme de esta reseña pero como
la irreverencia es tan propia del acervo de la Hispanidad, me haré como el de Tormes.
Antes de entrar en
la substancia de los ensayos —que eso son, en pequeñas dosis, los que forman un
gran Manifiesto—, hablaré de la autora.
Daniela Murialdo López es mexicanabolivianachilena (entiendo que ése es el orden de sus coorígenes
aunque me disculpará si me lo “dislexo”), dedicada a las artes innombrables del
Derecho (no del torcido sino del recto ejercicio) y, a
la vez que ejerce de crítica social, cultiva una hermosa familia junto con otro
legalista y opinador —Gonzalo Mendieta Romero, un mi amigo de años— con el que comparte
graves infracciones del Pensamiento Conformista a través de integrarse en una peligrosa Banda de Pensamiento Atrevido.
A Daniela la conocí
—digitalmente en mi pantalla— a través de sus colaboraciones mediáticas en Brújula
Digital, primero, y en Publico.bo poco después. Pasó mucho tiempo para que la conociera
en persona.
Daniela la he descrito
como un cóctel New Age porque, cuando se lee, fomenta nuestra conciencia personal y, sin los misticismos sincréticos,
nos condice en una comunidad de conocimiento propositivo —no digo positivo porque no peca de comtiana— para la que nos practica la alteralidad cuando
escribe porque es MUCHAS sin dejar de ser ELLA.
Su “incorrección” columnista se centra en destripar el wokismo. Para los neófitos en los neolenguajes ideológicos, woke es un término inglés equivalente a “estar despierto” que la comunidad afroamericana de los EE.UU. tomó como lema identificativo de quienes se enfrentaban o se mantienen alerta frente al racismo; con los años, la inicial acepción de
esta denominación cobró más relevancia con el movimiento Black Lives Matter y la muerte de George Floyd en 2020 y, luego, fue ampliándose a cobijar otras formas de desigualdad social, muchas reales pero otras, incluso, presuntas a partir de que la denominada progresía —muchas veces parametrizador ideológico de
la neoizquierda— comúnmente arropara ideas orientadas a la revolución sexual (en la idea del
falansterio comunal de Fourier en el sentido más amplio), el feminismo, el ecologismo, el veganismo, la sexodiversidad, el laicismo y el vanguardismo, entre otras posiciones protestatarias, incluidas (sobre todo) sus opciones radicales y extremas; en resumen: una
visión contestaria de la sociedad establecida.
Murialdo —feminista no-wokefeminista— tomó como Misión destripar las narrativas
del wokismo (incluido el wokefeminismo), muchas veces como el marxismo y su
tripa sigloveintiunera, alertándonos —tal Orwell— sobre el peligro de la
Imposición y el enfoque "slow"
(o conformista) para regularnos mediante una autorregulación inducida. En fin,
prevenirnos que no seamos como la rana hervida.
En ese
empeño de Daniela de llevarnos a que nos contestemos cada uno la vieja pregunta
dicotómica de ¿Qué es lo correcto? ¿Qué es lo incorrecto?, me
atreveré a copiar un párrafo de su columna/ensayo “Un ropero para tantos
pañuelos”:
Esto días lamento lo difícil que se ha vuelto la
clasificación personal ideológica. Antes, la categorización era muy sencilla:
uno era de izquierda o de derecha. Si te alistabas en lo primero, lo normal es
que fueras anticapitalista, ateo, feminista, y encajaras en otras tipologías
idiosincráticas. Lo mismo sucedía si pertenecías al otro bando. El de derecha
era, de por sí, conservador, religioso, pro libre mercado y varios etcéteras. […] En cambio, ahora (¡ay!) las cosas se ponen
complicadas. Mercadeamos en ferias de tendencias y movimientos ofreciendo
marcas que incluso compiten entre sí, lo que hace más difícil su promoción. La
fe dejó de ser unívoca. Los paradigmas se han tornado borrosos y poco consistentes
¿Se han preguntado
por qué, para la prensa seria de adentro y de afuera, desapareció el
concepto de derecha y sólo nos hablan de izquierda y ultraderecha (de la ultraizquierda chitón,
porque el terrorista puede ser zurdo o diestro)? Santo Wokismo.
(Me encantó el Manifiesto…,
Daniela. Pero no te gloríes mucho al agradecer mis elogios de ahora, amiga querida:
Sinceros siempre lo son pero hoy —silencio electoral— me apuré a ello porque no
se puede escribir de la zambumbia de nuestra política).

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