La caída del Hércules
C130 hace una semana en El Alto hubiera sido una muy triste adición a la historia
—me atrevo recordar no tan profusa— de dolorosos accidentes aéreos en Bolivia si
no hubiera tenido tres componentes graves: el primero, la magnitud del suceso; el
segundo, la reacción inhumana de un numeroso grupo de pobladores; y, tercero, la
desnudez de mecanismos de control y reparación de la crisis. Empezaré por éste.
Un aeropuerto dentro
(céntrico, a 12 minutos caminando desde la Ceja) de la segunda ciudad más poblada
del país, bordeado (protegido) por una malla (¿olímpica?) y pista que termina adyacente
a una concurrida avenida: factores potenciales para una tragedia de grandes
proporciones —mayores incluso que la que sucedió. Calamidad anunciada que, a
Dios gracias, no había sucedido… hasta ahora.
El Aeropuerto Internacional de El Alto es el aeropuerto principal
del área metropolitana de La Paz y uno de los dos más importantes y transitados
de Bolivia. (Como complemento, está a 4.061 msnm, lo que lo convierte en el segundo
aeropuerto internacional más alto del mundo después del de Daocheng Yading (4.411
msnm), en el Tibet).
Estos datos nos
dan, en cualquier momento, la suposición de que pudo —y puede, sin paliativos
menores— haber una tragedia de grandes proporciones. Y el viernes pasado en la
noche lo hubo: Un avión de carga —transporte militar, donación de EEUU a
nuestra Fuerza Aérea en inicio de los años 90— se salió del final de la pista,
atravesó la malla y atropelló a decenas de vehículos que transitaban por la
carretera adyacente. El saldo fatal: 24 fallecidos, 37 heridos y cerca de una
veintena de vehículos convertidos en destrozadas cajas de muerte.
Entre las no-explicaciones que se han dado —y así las denomino porque
las versiones han sido variadas y aún no oficiales— están una tormenta en el cielo que transitaba el
vuelo y la pista helada que impidió frenar a la
aeronave al aterrizar.
(También se dijo, sin corroborar, que los frenos fallaron per se). ¿De qué autoridad era la responsabilidad de prevenir sobre el mal
tiempo y la dificultad de aterrizar? El pimponeo de pasar responsabilidades
entre potenciales responsabilizados (NAABOL et alius) ha sido
profuso y, aún al menos, indeterminado e incide directamente, también, sobre la
magnitud de la crisis.
¿Cuánto dinero
transportaba el avión? Si nos guiamos por el presidente actual del BCB, sólo se
conocerá cuando el impresor de los billetes (un contrato del anterior gobierno
con, supongo que la
alemana Giesecke & Devrient según la página del BCB, contrato que Jaime Dunn denunció en 2024 como «medida para paliar déficit») deje de guardar el dato en su sancta sanctorum y, tras una larga semana, lo exponga. Si lo
hace.
Tanta falta de
definición en declaraciones (y comunicados) de cuánto volumen de dinero viajaba
en el avión, se magnificó con la idas y venidas de si “los billetes estaban
aptos para circulación”, si “los billetes no iban a circular” o si “sólo no
circularían ese fin de semana y el lunes ya sí” o si “habría que revisar,
billete a billete, si estaba autorizado en una web de dicha institución”
(menudo trabajo en un país con inmensa mayoría de informalidad en el comercio).
Dejé para el final
“la reacción inhumana de un numeroso grupo de pobladores” —vecinos alteños del
aeropuerto— que en un número de ¿miles? ¿miles? (registrados por los medios de
comunicación presentes) se lanzaron a recoger billetes atropellando a
rescatistas, bomberos y policías, violentando heridos y muertos, en una muestra
de la peor rapiña inhumana. Coincido con Robert Brockmann (“El dilema moral de El Alto” (Brújula Digital 01/03) y con Azucena Fuertes Mamani (“A
propósito del accidente aéreo: deshumanización al descubierto”, El Deber 02/03) que es una
muestra de deshumanización de una horda —llamaré tribal— sin principios ni moral. Coincido, además, con Pablo Mendieta (“Crimen y castigo a la tragedia
monetaria”, El Deber, 05/03) cuando afirmó: «En un escenario caótico, con dinero visible
y sin claridad inmediata sobre sanciones, la probabilidad percibida de castigo
pudo parecer baja, mientras el beneficio era concreto y urgente. Se
produjo lo que los economistas llaman un “shock de oportunidad”: […] El costo de delinquir fue casi nulo. [Y] la multitud
diluyó la responsabilidad individual y generó un efecto contagio: cuando
algunos actúan sin castigo inmediato, otros perciben menor riesgo y se suman».
Estos sucesos me recordaron
anécdotas similares (en menor dimensión de rapiñadores) en desbarrancamiento de
vehículos en carreteras peligrosas de nuestro país. O las hordas que, al grito
de “¡Guerra civil ya!” llegaban a El Alto e intentaban agredir La Paz en los conflictivos días
de noviembre 2019.
¿Es deficiencia de nuestra educación? ¿Es falta de inculcar valores? ¿Es economía? O ¿es todo ello y más? No se puede estigmatizar El Alto que trabaja y crece por este suceso o por Senkata en 2019 pero sí es urgente buscar las causas y prevenir nuevas consecuencias.
Información consultada
https://brujuladigital.net/opinion/el-avion-hercules-y-los-saqueadores.
https://eldeber.com.bo/autor/azucena-fuertes-mamani.
https://eldeber.com.bo/opinion/crimen-castigo-tragedia-monetaria_1772678714.
https://es.wikipedia.org/wiki/Aeropuerto_Internacional_El_Alto.

No hay comentarios:
Publicar un comentario