… que un
día tras otro.
Hoy hace
una semana que Rodrigo Paz Pereira —hijo y sobrino nieto de presidentes, nacido
y viajero a la zaga de un padre exiliado— juró «por Dios, familia y Patria servir
y defender la Constitución» en el cargo al que fue elegidos por una mayoría
del pueblo boliviano. Con este juramento terminaba, simbólicamente —y confiemos
que total y realmente—, el ciclo dicenal del masismo sigloveintiunero que, en
registro oficial, se inició el 22 de enero de 2006 pero que desde años antes,
con los largos bloqueos de cocaleros chapareños de Evo en 2000 y de las hordas
del Mallku en 2000 y 2003, intentaron doblegar el Estado boliviano; poco días
después del aniversario de 2003, el MAS-IPSP —el MAS: sigla comprada a la
Falange; el IPSP: secuestrada a Alejo Véliz—, sin disparar un cachorro ni un
petardo ni necesidad de bloqueo, conquistó democráticamente el Poder (ironía).
Mucho se
perdió y poco se ganó en esos años. En el Haber quedan la reivindicación
de la indigenidad (muchas veces mezclada con el racismo del indianismo), asaz
sublimando su presencia (etiquetando de “naciones” las que nunca han sido o
arrastrando la mención de otras ya desaparecidas y no encontradas en los
últimos censos).
Pero el Debe
es muy largo: Despilfarro acelerado de la mayor bonanza desde la República
(sólo parecida al de toda la plata extraída del Sumaq Urqu); corrupción
generalizada: deformación del mítico (por falso axioma) ama sua, ama
llulla, ama quella en un nuevo arí suwakunki, arí llullakunki,
arí wañuchinki, arí qatiykachanki (sí robarás, sí
mentirás, sí matarás, sí perseguirás); derecho de pernada
donde hubiera y donde no hubiera y pedofilia incaica (sin real Inca sino un
falso monigote) como la descrita allá en el siglo 16 por Juan de Betanzos; corrupción
de la justicia —y no es que antes no la hubiera ¡pero no de esa insania!—;
despilfarro al absurdo (sólo por cobrar las coimas-siones); infestación
del sentimiento de unidad nacional con odio entre regiones, entre pieles y
entre clases sociales, etiquetando “al otro” como el enemigo (en la peor
enseñanza del neostalinismo veintiunero); maquillando el país como indígena
aunque hace mucho tiempo no lo era (en 2024 eran menos del 39 %) ni, tampoco,
rural (entonces sólo el 31 %), obviando relevar las cifras que reconocerían el
mestizaje del país (de colores de piel, de idiosincrasias, de culturas, de
historias pero, sobre todo, el mestizaje urbano que incluye todos los demás). Y
hay más, pero todos conocemos los adeudos del dicenio.
Muchas
son las tareas para la nueva Administración: Una, enorme, el redemocratizar el
país —y que intereses sectarios o populistas u oportunistas no lo frustren—;
tan hercúlea como esa será el reinstitucionalizar el país —tan huérfano de
ellas y de meritocracias—; y lo será también purgar la Justicia y dragar sus
excrecencias. Y sin palabras tan altisonantes, Hazañas serán las de ordenar la
economía; crecer con emprendimientos; abrirnos al mundo y abrir Bolivia al
mundo «porque la ideología no nos alimenta» —como denunció la Thatcher:
todos sabemos que realmente nos empobrece—; ejecutar una justicia social en
libertad: libertad de pensamiento y de opinión, libertad de trabajar, libertar
de elegir, libertad de mercado, libertad de crecer. Libertad para volver a
creer, para volver a decidir, para ser verdaderamente autónomas como federales,
porque las cinco provincias independientes que el 3 de octubre de 1825 fundaron
la República de Bolivia (“bautizada” así por el diputado potosino y presbítero Manuel
Martín Cruz Cuiza) llevaron ese mandato a la Asamblea Deliberante, frustrado
por el empeño bolivariano de la Gran Colombia.
En el
bicentenario, Las Bolivias —varias y una a la vez (a pesar de los renuentes a
entenderlas así diversas y unidas)— deberán crecer sobre la adversidad, con la
ayuda de Dios y de todos, que somos el pueblo. El tiempo —misionero
incoercible— nos lo confirmará.

No hay comentarios:
Publicar un comentario