martes, 14 de enero de 2020

Una vez más: Más serán menos



Leyendo “La unidad es un nuevo proyecto de nación” de Gonzalo Chávez (El Deber, 12/01/2020) recordé los recientes posicionamientos de muchos articulistas sobre la conveniencia o innecesaridad de la unidad frente al MAS como meta de urgencia. También recordé que en 2013 y 2014 ya me ocupé acá de la tendencia a la dispersión electoral (“Más serán menos”, 24/12/2013 y “Menos serán más”, 24/06/2014) y todos conocemos los resultados, aunque las condiciones no fueran las mismas pero las causas sí lo fueron.

Han salido varias aproximaciones sobre posibles tendencias en las intenciones de voto pero aún ninguna realizada después de la convocatoria a elecciones, por lo que la mayoría de los que aparecen incluidos entonces no eran precandidatos y algunos tampoco lo son ahora. Me guiaré por la de CIES MORI del 21 al 30 de diciembre pasado y difundida por UNITEL (lamentablemente, no pude acceder a la ficha técnica porque no aparece en las versiones digitales de los medios); este sondeo, a primera vista, podría dar apoyo a la posición de que “el MAS perderá en segunda vuelta”: el 57% de las intenciones (¡no votos aún!) supuestamente ya decididas apoyarían un candidato no-MAS, y al candidato MAS no le alcanzaría ni con todos los indecisos sumados.

Haciendo un poco de make-up entre el total de esas intenciones “ya decididas” (77,6%) sumándole indecisas (8,5%) más secretas (1,8%), las consideraremos como el 100% de “válidas” (el 85,6% de intenciones totales), obviando que la suma de “válidas” más en blanco/ninguna y nula no da el 100% sino el 97,3%. Si a esas intenciones supuestamente ya decididas, adiciono a cada supuesto precandidato el prorrateo proporcional de indecisas y secretas para obtener sus “válidas”, el MAS obtendría el 22,8% de intenciones para primera vuelta y Añez (sin postularse) el 17,2%, Mesa el 15,2%, Pumari el 9,0% (antes de unirse), Chi (sin organización que le de soporte y promueva) el 8,9%, Camacho 7,6% (leí en un medio que sumaban Pumari y Camacho, olvidando ¿intencionalmente? que en los % de ambos hay muchas intenciones comunes), Doria Medina (no se ha postulado) el 2,0%, Quiroga (autoproclamado recién, sin definir organización) 1,8% y “otros” el 1,0%. A primer análisis, el conjunto no-MAS obtendría el 62,8% de intenciones válidas, que si se tradujera en votos reafirmaría la supuesta innecesaridad de un frente.

Olvidemos el anterior análisis y esperemos otros después del 3 de febrero porque Añez y Doria Medina no han anunciado su participación, Camacho y Pumari formaron dupla (si no vuelven a separarse), Chi no tiene quien lo cobije, Patzi parece que va y otros seguirán apareciendo (aunque confío que no sean 18 los candidatos como en el 85 o 13 como en el 80). El problema que se avecina con la dispersión es la Asamblea Legislativa, cuya integración será fundamental para que el próximo gobierno emprenda las tareas impostergables y donde ninguna fuerza no-MAS logrará mayoría; peor considerando el sistema d’Hondt utilizado en Bolivia para distribuir escaños que tiende a favorecer un poco más a los partidos con más votos, sobre todo los que ganan en circunscripciones electorales escasas en votantes (que en Bolivia son las rurales, muchas dominadas por el MAS), además del baremo de la barrera electoral que redistribuye (siguiendo d’Hondt) a otras organizaciones los escaños obtenidos por aquellas que no lograran el 3% nacional.

El próximo gobierno necesariamente será de alianzas porque ninguna organización tendrá mayoría legislativa. El país necesita para refundarse de amplias voluntades cohesionadas con objetivos comunes. ¿Por qué no vamos adelantando ahora?

Información consultada


miércoles, 1 de enero de 2020

Transición democrática: el camino a la Paz



A pesar de que aún leo en medios—cada vez menos— algunos que opinan de “un golpe de Estado y masacre”, los puedo entender porque rezuman el fracaso del Masismo como su oportunidad y porque no existe censura aunque se desbarren mentiras y escriban ofensas groseras, clasistas y misóginas contra la Presidente.

Debo agradecer mucho a tres análisis (“Las claves de la transición democrática. Y la política como arte de negociación” de Henry Oporto, “Sociedad civil antidictatorial” de Carlos Toranzo y “Un 2020 de reconstrucción democrática” de Juan Cristóbal Soruco) el escribir este mi modesto aporte sobre las Transiciones.

De tres escribiré: la española de 1975 y las bolivianas de 1981-1982 y la actual. La Transición Española se inicia con la implosión del régimen totalitario tras muerte del dictador Francisco Franco, manejada “desde dentro” sin abrupciones por Adolfo Suárez y que hasta 2018 dio más de 40 años de estabilidad política al país —a veces a trancos pero sobreviviendo— y con bipartidismo desde 1982. La Transición Boliviana se inició en 1981 tras el golpe militar contra Luis García Meza y afianza con la asunción democrática de Hernán Siles Zuazo en 1982; aunque el débil gobierno de Siles Zuazo fracasó, también —como Suárez en España— afianzó el Estado de Derecho y nos dejó el bipartidismo MNR-ADN —con MIR de comodín— hasta 2000, prolongándose hasta 2005 con tumbos —y hasta reciente con la democracia cada vez más desdibujada.

La actual Transición Boliviana es sui géneris: Eclosionó desde los movimientos cívicos y sociales que aglutinaron la bronca ciudadana («el abuso, convertido, esta vez en fraude, terminó movilizando a la sociedad que sacó el coraje guardado» lo llamó Carlos Valverde en “Eppur si muove [o E pur si muove]”) y, por qué no, de la oposición —desunida, en celo mutuo— pero que participó «pese a todas las desventajas, en una desigual campaña electoral que fue [fraude manifiesto ex post] la que, finalmente, permitió la subsiguiente movilización ciudadana para terminar de expulsar a los autoritarios del poder» (Soruco: “Un 2020 de reconstrucción democrática”), todos contra la angurria perversa de Poder del prorroguismo que llevó al MAS a implementar el más burdo robo de elecciones.

Las tareas de esta Transición se fijan en los límites del «quiebre del modelo económico y la reconfiguración del escenario político» como menciona Oporto. Toda la Administración de Jeanine Áñez tiene tareas urgentes, pero los ejes fundamentales para su legado son: la pacificación del país y su mantención en futuro —ejecución principal de su ministro Arturo Murillo—; la sobrevivencia y proyección de nuestra vapuleada economía en consenso de actores internos y externos —en manos de José Luís Parada—, sin olvidar el urgente Pacto Fiscal, tan temido por el centralismo; el reposicionamiento internacional de Bolivia, vadeando tormentas de intereses ajenos, incluido el Silala en la CIJ —misión de Karen Longaric—; develar la corrupción heredada —Iván Arias y Rafael Quispe—; cohesionar sin ruidos —Yerko Núñez—, y realizar elecciones libres, transparentes y, sobre todo, creíbles, sobre las que la Sociedad —gran actor del período, «redes complejas de vasos comunicantes» como la llamó Boaventura De Sousa Santos— ha depositado su mandato en la Presidente y Salvador Romero. También han sido fundamentales Óscar Ortiz —articulador de los consensos—, Eva Copa y Sergio Choque —decisivos para lograrlos— y los facilitadores: Iglesia Católica, Naciones Unidas y Unión Europea.

El éxito de todos estos retos podría resumirse en la frase que Adolfo Suárez usó como epitafio: «La concordia fue posible
Venturoso y bendecido nos sea 2020.

Información consultada

De Sousa Santos, Boaventura: Democracia al borde del caos: Ensayo contra la autoflagelación. Siglo del Hombre Editores-Siglo XXI Editores, Bogotá, 2014.