miércoles, 12 de septiembre de 2018

Bachelet, frente a Venezuela y Nicaragua



Para Michelle Bachelet Jeria, su estreno como Alta Comisionada de los Derechos Humanos de las NNUU está marcado por la heredad que le deja su antecesor, el príncipe jordano Zeid bin Ra’ad Zeid al-Hussein, permanente denunciante —como Almagro Lemes desde la OEA— de las violaciones de DDHH en Venezuela y Nicaragua.

Su discurso oficial distribuido a los medios estuvo diseñado para mantener y comprometerse a potenciar el trabajo de su antecesor y en él ocupó a su inicio espacio importante las denuncias sobre las arbitrariedades y los crímenes en dos de los últimos países del socialismo 21. Tarea difícil de realizar, sobre todo después que la dictadura nicaragüense expulsó a la misión de las NNUU que redactó un demoledor informe sobre la situación de los DDHH en ese país, obligándola a trabajar desde el exterior (como el régimen madurista, que en 2017 no permitió la entrada de una misión similar en Venezuela).

Sin embargo, asaltan algunas dudas. La primera —justificada por “razones de tiempo”—, la omisión de contundentes menciones sobre ambos regímenes en la lectura pública del discurso previamente repartido; la segunda, su próxima reunión acordada con el canciller madurista, despertando susceptibilidades sobre otro nuevo “diálogo” inútil y sólo beneficioso para el gobierno. Una tercera es que sectores de la Nueva Mayoría —algunos de su propio partido socialista y el comunista— apoyan a ambas dictaduras y niegan las violaciones (en el frenteamplismo, más a la izquierda que el comunista, ya han surgido fuertes críticos de ambos gobiernos, encabezados por los diputados Vlado Mirosevic Verdugo y Gabriel Boric Font, entre otros). 

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martes, 11 de septiembre de 2018

De fantasmas evanecidos y libretos repetidos


«Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo». Así empezaba el Manifiesto del Partido Comunista que Karl Marx y Friedrich Engels publicaron en 1848. Ciento setenta años después, ¿qué queda? De ese fantasma, su ejercicio del Poder (soviético, maoísta, socialista 21 e incluso “tercermundista”) lo enterró más firmemente que sus enemigos. Es paradójico que sus ideales de lucha de clases antagónicas provenían de los «de la igualdad social y política, de la libertad, de las virtudes cívicas y de la unidad popular» de las revoluciones liberales, sobre todo de la de las Trece Colonias (génesis del “gran enemigo” por antonomasia y némesis recurrida de muchos discursos ideológicos afines); paradójico es, también, que esas postulados (argumentados desde la economía en El Capital de Marx) primero los saltara Vladímir Lenin y sus sucesores tras la Revolución Octubre (“el eslabón más débil”) y, más reciente, los reformulara Thomas Piketty (El capital en el siglo XXI) con la corrección de las desigualdades distributivas de la riqueza desde dentro del mismo sistema capitalista.

En Latinoamérica, muchas de las experiencias de justicia social han terminado pervertidas por dos graves flagelos incrustados en sus endogénesis: caudillismo y corrupción, de las que parten sus demás vicios: desinstitucionalización, prebendalismo y clientelismo, prorroguismo, discrecionalidad, mesianismo y paternalismo, arbitrariedad y, en complementación, sus maniqueos “enemigos”: “la derecha” y “el imperialismo”. 

Arropados bajos banderas de presunto “progresismo”, en ejercicio de alteridad se autoarrogan ser “la izquierda” a ambos lados del Atlántico y, como describe la escritora venezolana Gisela Kozak Rovero en “La izquierda que América Latina necesita (y la que no)” [The New York Times, 27/08/2018], «insiste en una retórica beligerante y divisionista que recuerda a la Guerra Fría, carece de suficiente audacia en el terreno económico y hace demasiadas concesiones al autoritarismo represivo. La izquierda latinoamericana […] se ha rehusado a abandonar una retórica antineoliberal anquilosada [y] conserva un discurso populista que apela a los recuerdos de un pasado [supuestamente, acotaría yo] venturoso de Estados paternalistas. […] Pese a su legítima preocupación por la desigualdad, la izquierda no parece entender la economía del siglo XXI, diversa y globalizada»; repitiendo machaconamente errores, esa “izquierda” obvia lo imprescindible: «incorporar en su proyecto económico a tres […] ausentes: el empresario, la creatividad individual y el mérito».

Hoy, Venezuela y Nicaragua se despeñan en la crisis y la represión, Bolivia apuesta por el prorroguismo como “tabla de salvación” del Poder instalado, en Argentina y Brasil el lulismo y el kirchnerismo acabaron (por su herencia y a pesar de los problemas de quienes le siguieron) y en Cuba, epítome de esa izquierda y parangón de esas nostalgias, con más premura que calma intenta de reformar su sistema económico para apuntalar el político. Es ahora cuando prejuicios, errores y vicios, junto con utopías demostradas como erradas, deben desecharse y entender “vivir bien” como una vía de “vivir” en una Economía del Bienestar asentada en el bien común, como describió el premio Nobel neokeynesiano Paul Samuelson.

Cierro con otro premio Nobel neokeynesiano: «El verdadero debate hoy en día gira en torno a encontrar el balance correcto entre el mercado y el gobierno. Ambos son necesarios. Cada uno puede complementar al otro». [D. Altmann: “Preguntas y respuestas con Joseph Stiglitz”, International Herald Tribune, 11/10/2006.]

Información consultada

https://es.wikipedia.org/wiki/Joseph_Stiglitz

lunes, 3 de septiembre de 2018

¿Herencia o ineficiencia?: Las crisis argentinas



Estos días, la caída del dólar en Argentina —¿herencia kirchnerista o ineficiencia de Cambiemos?— opaca el escandaloso affaire de los “cuadernos K” (los “cuadernos de la coima”) que remece la política y la gran empresa. La incertidumbre en la recuperación económica prometida despierta todos los temores de los argentinos de que, una vez más, Kairós llegara para destruir a Ploũtos.

Pero “crisis” es una palabra frecuente en la historia de la economía argentina: Tan lejos como 1827-1829 hubo grandes devaluaciones con cesación de pagos de deuda; en 1890, depresión, cese de pagos y bancarrota; entre 1913-1917 y 1928-1932: grave recesión y déficit fiscal; en 1957-1959: depresión y cese de pagos; entre 1974-1990: inflación y gran aumento de la pobreza; desde 1998 fue creciendo la crisis que explotó en diciembre de 2001 y el “corralito”: los fantasmas que hoy aterran a Argentina.

Todo este recorrido nos lleva a la pregunta de origen. Tras la brutal caída anterior, el período K (2003-2015) se inició con un fuerte crecimiento comparativo que (paradoja) fue decayendo a medida que se recuperaba la economía y crecía el proteccionismo, la inflación (oculta por la falta de transparencia) y demás “vicios K”: corrupción desmedida, desinstitucionalidad...

El macrismo inició con un fuerte ajuste indefectible consecuencia del sinceramiento económico y de la reinstitucionalización acompañado de reinserción global. Tres ministros (y sus visiones) del área económica en menos de tres años, la caída del súper ciclo de los commodities y la batalla proteccionista-arancelaria de la Administración Trump colapsaron la esperada recuperación de su economía y, por ende, de la poderosa clase media del país.  
  
En octubre, Macri aseguraba reelección; hoy, la pierde. En agosto 2019, ¿quién sabe? Es Argentina.

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