miércoles, 23 de abril de 2014

¿Golpe de timón o meros paliativos?

El martes, el presidente venezolano Nicolás Maduro Moros presentó la "nueva ofensiva económica" que buscará incrementar la producción de rubros prioritarios —"producir más, producir mejor, destrabar todos los mecanismos […] que impidan la producción en el país"—, mejorar el abastecimiento y profundizar el sistema de "precios justos" —rebajas forzosas, fiscalización de "sobreprecios", cierre o toma de comercios y fijación de ganancias en 30%— iniciado en noviembre, que entonces alivió a los sectores de escasos recursos y coadyuvó al éxito oficialista en las elecciones de diciembre pero que, poco después, aumentaron el desabastecimiento —28% en productos básicos, sin divisas para importar— y la inflación —57,3% anual— que el gobierno atribuye a una “guerra económica”.

País muy rico en petróleo —ingresos entre USD 800 y 1.000MM (1998-2013)—, la destrucción del aparato productivo llevó a crecer 206% las importaciones desde 2005 (USD 45MM en 2013). 

Esto, junto con decisiones rentistas, produjo las actuales protestas con 41 muertos —opositores y oficialistas. La NOE también incluye una "revolución fiscal" no detallada para "ensanchar la base de recaudación a los que más tienen".

En las próximas semanas se verá si la NOE es otra más de las del estatista ministro
de Planificación Jorge Giordani Cordero o un cambio real de conducción.




Referencias


martes, 15 de abril de 2014

Las dos Venezuelas hablan

«En el centro de cada diálogo sincero está, ante todo, el reconocimiento y el respeto por el otro. […] es el único [camino] que puede conducir a la paz y a la justicia.» [Papa Francisco al Diálogo.]

El pasado jueves, primera vez tras una larga década de incomunicación directa, sectores de la oposición agrupados en la Mesa de la Unidad Democrática y el gobierno se sentaron frente a frente y frente al país para discutir el futuro de Venezuela y encontrar soluciones a la grave crisis social y económica actual.

Cuarenta y un muertos y cientos de heridos de ambos bandos desde febrero, más miles de detenidos, crearon un “equilibrio catastrófico” que sólo el entendimiento o el desastre podrían solucionar. El inicio del diálogo fue la constatación —por gobierno y sectores opositores asistentes— que ambos se necesitaban y se debían entender si querían evitar el desastre, aceptando discutir —sin «negociaciones, ni pactos, lo único que estamos buscando es un modelo de coexistencia pacífica, de tolerancia mutua» remarcó el presidente Nicolás Maduro Moros, moderador del encuentro— los problemas que la oposición culpa al gobierno —crisis económica, escasez de productos básicos y violencia, entre otros— mientras el gobierno acusa a la oposición de caos y promover un golpe de Estado.

La paradoja para la oposición agrupada en la MUD era que si no asistía al encuentro —todos o parte de ella— negaba sus permanentes pedidos de debate —y su argumento de que éste era negado por el gobierno— pero si asistía desnudaba sus fracturas, crecientes después de las derrotas electorales regionales y municipales, y suicidaba su liderazgo; optó por intentar la conciliación democrática. Mientras que para el gobierno, la paradoja era o reconocer que el país estaba enfrentado o acelerar el desgaste; optó por la tesis de las dos Venezuelas. En ambos bandos, el desgaste se visibilizó sobre lo monolítico, más en la oposición.

Tres cancilleres de la UNASUR —Luiz Alberto Figueiredo Machado de Brasil, Ricardo Patiño Aroca de Ecuador y María Ángela Holguín Cuéllar de Colombia, países amigos— como facilitadores y el Vaticano —con el Nuncio Apostólico, Aldo Giordano— como testigo de buena fe acompañaron el encuentro —al que faltaron sectores opositores y ONGs pero, sobre todo, los estudiantes, centrales en las protestas. Pero los facilitadores fueron mudos testigos tras lograr reunir a los discordes y quien facilitó fue Giordano, leyendo sendas cartas de S.S. Francisco y el Secretario de Estado Pietro Parolin promoviendo su éxito.

No todo fue respetuoso ni cordial en la reunión pero dejó avizorar que, a pesar de muchas divergencias, podrían lograrse avances si hay voluntad. “No vamos a hacer milagros con esta reunión […] pero estamos construyendo”, dijo el opositor gobernador Liborio Guarulla Garrido.

Vale recordar al reciente fallecido Adolfo Suárez González: «en [el diálogo] hay una regla de oro que no se puede conculcar: no se debe pedir ni se puede ofrecer lo que no se puede entregar».

Referencias


jueves, 10 de abril de 2014

Pasión por el diálogo

«La concordia fue posible.» [Epitafio sobre la tumba de Adolfo Suárez González.]

Tras la reciente muerte de Adolfo Suárez González, mucho se ha escrito de su importancia como Presidente del Gobierno en la Transición española a la democracia; también se han destacado su pobreza al morir —sin haberse enriquecido como muchos otros actores políticos de entonces y ahora y por negarse a recibir remuneración alguna por el alto cargo que desempeñó— y su calidad de demócrata y hombre político desapegado del Poder.

Pero sobre todo se han destacado dos virtudes fundamentales para desmontar exitosamente en poco más de dos años de gobierno la estructura totalitaria y corporativa del franquismo: diálogo y consenso. Sin ellos no hubieran sido posibles, en un país dividido por una cruenta guerra civil y una férrea dictadura, ni los inéditos Pactos de la Moncloa de 1977 —libertad de expresión, modificación del código penal y reformas de la seguridad social, económica y fiscal, entre otros— aprobados en menos de veinte días con consenso de la totalidad de los partidos políticos españoles —recién legalizados— ni la fundamental Ley para la Reforma Política —la primera que luego sería aprobada en España en un referéndum, con amplísima mayoría—, que llevó a las primeras elecciones libres en 1977 y, sobre todo, a la Constitución democrática de 1978 para acabar con todo el andamiaje constitucional totalitario. La construcción de ese nuevo Estado democrático, social y de derecho sólo fue posible mediante el diálogo y el consenso, como afirmó el mismo Suárez González: «El diálogo es, sin duda, el instrumento válido para todo acuerdo.»

Diálogos que fueron exitosos porque cumplieron requisitos inviolables: primero, sinceridad y transparencia de los dialogantes —«en [el diálogo] hay una regla de oro que no se puede conculcar: no se debe pedir ni se puede ofrecer lo que no se puede entregar porque, en esa entrega, se juega la propia existencia de los interlocutores»—; segundo, presunción por cada dialogante de que el otro puede tener —parcial o, incluso, total— argumentos válidos e, incluso, mejor que los nuestros; tercero, no convertir el diálogo en un elemento distractor o dilatorio —“para ganar tiempo”— y, último y definitorio: ir con voluntad de lograr acuerdos, saber ceder,  no para imponer su opinión o voluntad, como tantas veces sucede en “diálogos de sordos”.

Diálogo y consenso, junto con el ejercicio transparente del poder —«quienes alcanzan el poder con demagogia terminan haciéndole pagar al país un precio muy caro»— y el rechazo frontal de la acusación sin pruebas como argumento de confrontación —«el ataque irracionalmente sistemático, la permanente descalificación de las personas y de cualquier tipo de solución […] no son un arma legítima porque, precisamente, pueden desorientar a la opinión pública en que se apoya el propio sistema democrático de convivencia»— fueron, y son, importantes enseñanzas de ASG pendientes para muchos de nuestros países.


Referencias 

http://www.poesi.as/amach101.htm           

domingo, 30 de marzo de 2014

La depauperación de la riqueza

Decir “rico pobre” describe hoy a Venezuela.

Asentado sobre un mar de reservas probadas de petróleo convencional —316MM de barriles (2013), 48,5MM más que Arabia Saudita— con exportaciones de 2,2M barriles/día (2012, hoy se calcula 1,7M, importando cerca de 87K/día de procesados desde EEUU pero con menores exportaciones a ese país: 795K/día contra 1,9M en 1998) a precios altísimos (llegó a USD 147/barril y hoy está a 101) que le dieron ingresos entre USD 800MM y 1MMM entre 1998-2013, destinando el país una gran parte a la inversión social (64,1% en 2013 para 35 programas o Misiones), reduciendo (2013) la pobreza moderada de 29,5% a 23,9% y la extrema des 11,7% a 9,7% y con desocupación de 7,8%, cumpliendo los postulados bolivarianos y del Socialismo del Siglo XXI de Hugo Chávez Frías que exportó —sin balas pero con petrodólares

Pero estos éxitos encubren las causas de la crisis actual: rentismo exagerado —un millón más de funcionarios en 10 años—; destrucción indiscriminada del aparato productivo, obsolescente e ineficiente —las importaciones aumentaron de USD 21,8 MM (2005) a 45MM (2013, 206%) mientras las exportaciones no petroleras se redujeron de USD 6,8MM (2006, antes del primer plan socialista) a 2,1MM (2013: -69,2%); las agroalimentarias pasaron de USD 1,8MM (1998) a 8MM (2012): 70% del consumo (el gobierno anuncia racionamiento)—; inflación anualizada de 57,3% —mayor mundial—; decrecimiento pronosticado del PIB de 1% —aunque Ramírez Carreño, vicepresidente económico pronostica crecer 4%—; alto gasto público (50,6% 2012); reservas internacionales reducidas hoy a USD 21MM; deuda pública de más de USD 107MM (2010); déficit posible por encima de 4 % del PIB (2014);  tipo de cambio oficial sobrevaluado —3 tipos de cambio: público, SICAD I y II—; restricciones al financiamiento externo —calificaciones de riesgo bajísimas— y fiscal y caída de los precios internacionales del petróleo con la mayoría de su exportación  comprometida —por PETROCARIBE (mecanismo de captación de alianzas que HChF desarrolló) o para pagar deudas a China (más de USD 41MM)—; escasez de productos y medicamentos (28%)…

Si se le suma la inseguridad ciudadana —11.761 muertos en 2013 (para el gobierno y 24.763 para el Observatorio Venezolano de Violencia: un homicidio cada 20 minutos, 12% de la mortalidad general), más que en Irak (8.863); 2.841 en enero y febrero de 2014 (48/día, oficial); segundo lugar mundial—, se comprende el estrepitoso fracaso de la gestión gubernamental y del modelo venezolano. Y se entienden muchas cosas.


Referencias

http://www.petrocaribe.org/           

miércoles, 26 de marzo de 2014

El legado latinoamericano de Adolfo Suárez

«Está el hoy abierto al mañana / mañana al infinito. / Hombres de España: / Ni el pasado ha muerto / Ni está el mañana ni el ayer escrito.»

[Fragmento de «El Dios Íbero» (poema de Antonio Machado Ruiz en su libro Campos de Castilla, 1912), incluido en el discurso de Adolfo Suárez González ante las Cortes Españolas el 9 de junio de 1976 al presentar la Ley de Asociaciones Políticas.]

Sombra, héroe, villano, sombra de nuevo y héroe sublimado al final, Adolfo Suárez González —“Timonel de la Transición” se lo ha denominado en estos días— fue todo eso, y quizás más, en una vida política que ejerció en la primera línea de un momento imprescindible: la impostergable transición de España del caudillismo, el atraso y el patriarcado político a la democracia y la modernidad, quiebre que dejó enseñanzas indelebles —en su momento pero también ahora— para Latinoamérica.

¿Pero quién era Adolfo Suárez González hasta la muerte del Caudillo y el gobierno de Carlos Arias Navarro? Hombre de tercera o cuarta línea del franquismo —a la sombra de otros— que fue ascendiendo, dentro de esa misma sombra, hasta 1975 cuando  fue nombrado Ministro Secretario General del Movimiento en el primer gabinete franquista formado tras la muerte del dictador. (Recordemos que el Movimiento Nacional fue el instrumento totalitario, de inspiración fascista, único de participación en la vida pública española durante el franquismo: 1938-1976.) Su nombramiento en 1976 por el nuevo Jefe de Estado —el rey Juan Carlos de Borbón— como Presidente del Gobierno cuando era desconocido para la mayoría de los españoles, generó muchas críticas por su edad —43 años— e inexperiencia política y por sus vínculos con el franquismo.

Al margen de los errores —que sin dudas los tuvo porque, como afirmó, «nosotros fuimos nuestro propio antecedente»—, en poco más de dos años su gobierno desmontó la estructura totalitaria y corporativa de los cuarenta anteriores, marcando dos hitos políticos fundamentales: primero, los inéditos Pactos de la Moncloa de 1977 —que incluyeron, entre otros aspectos, libertad de expresión, modificación del código penal, reforma de la seguridad social y reforma económica modernizando hacia una economía social de mercado abierta al mundo— aprobados en menos de veinte días con consenso de la totalidad de los partidos políticos españoles —recién legalizados todos—, desde los comunistas y socialistas a la izquierda hasta los populares a la derecha —Alianza Popular de Manuel Fraga Iribarne (hoy Partido Popular) sólo firmó lo referido a economía y no a política— pasando por los nacionalistas catalanes, que permitió la reforma económica y política; y, segundo y facilitado por los Pactos, la fundamental  Ley para la Reforma Política —la primera que luego sería aprobada en España en un referéndum, con amplísima mayoría—, la que llevó a las primeras elecciones libres en 1977 y, sobre todo, a la Constitución democrática de 1978 y confirmó el desmontaje de todo el andamiaje constitucional totalitario. Un proceso de construcción sin violencia —más allá de la que ejercían, ajenos a este proceso, ETA y extremistas de izquierda como GRAPO— de un nuevo Estado democrático, social y de derecho  mediante el diálogo y el consenso, como afirmó el mismo Suárez González: «El diálogo es, sin duda, el instrumento válido para todo acuerdo pero en él hay una regla de oro que no se puede conculcar: no se debe pedir ni se puede ofrecer lo que no se puede entregar porque, en esa entrega, se juega la propia existencia de los interlocutores.»

Animal político coherente, supo retirarse dignamente en 1981 —ya sentadas las bases de la nueva democracia— cuando, en un país donde se oía mucho de “desilusión y desencanto”, no pudo romper las oposiciones: en el ejército —con aprestos golpistas en algunas facciones— por desmantelar el franquismo, abolir el servicio militar obligatorio, perseguir a los asesinos de Atocha —atentado terrorista de ultraderecha (del denominado “terrorismo tardofranquista”) contra cinco abogados del sindicato Comisiones Obreras— y aprobar las autonomías; en la derecha por legalizar los comunistas —«Yo no soy comunista, pero sí soy demócrata»— y los sindicatos libres, disolver el Movimiento Nacional y amnistiar a los presos políticos; en la iglesia por aprobar el divorcio y las libertades en la enseñanza; en los banqueros y el  empresariado por su política económica social de mercado y su política fiscal; en los socialistas por haber sido un falangista; en los terroristas para que la democracia no les demoliera sus justificaciones; en su propio partido, por diversos intereses contrarios y protagonismos; en el rey por no solucionar problemas que entonces surgían y, posiblemente más, porque el monarca prefería atribuir los éxitos del Gobierno a la Corona y los fracasos sólo al propio Gobierno… En fin: un hombre que surgió de la derecha a quien se le acusaba de que gobernaba para la izquierda cuando realmente era el prototipo del centrismo, algo que España —y no sólo allá— hacía muchos años que había olvidado.

De Adolfo Suárez González como paradigma del político profesional digno —ejercicio tan menguado en la España copada de medianías de los últimos lustros—, tengo que reconocer que la imagen que de él rescata Pascual Gaviria Uribe en su "La muerte de un actor" es fundamental para describirlo: El 23 de febrero de 1981, menos de veinte días después de su dimisión y en la segunda votación de investidura de su sucesor, con muchos militares golpistas ingresando en el hemiciclo del Congreso de Diputados —la misma sede de las Cortes Españolas franquistas que él contribuyó decisivamente a transformar—, insultando amenazadores a los diputados y disparando al techo del salón del Congreso, sólo Suárez González y el líder comunista Santiago Carrillo Solares —quien, desde su posición política, también fue un actor importante de la Transición— se mantuvieron, desafiantes, sentados en sus escaños y cuando el  líder de los golpistas, el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero Molina, le apuntó con su arma al pecho, Suárez González le espetó con vehemencia: «¡Explique qué locura es ésta!". "¡Pare esto antes de que ocurra alguna tragedia, se lo ordeno!»

Con los años, fue el reconocimiento de lo decisivo de su actuación política creciendo y, ahora a su muerte —lejos del enriquecimiento de muchos otros actores políticos y negado a recibir remuneración alguna como ex Presidente del Gobierno—, desde hace años escapado de la realidad, se le reconocen su importancia y su calidad de demócrata y hombre político, la misma que lo desaferró del Poder y, años después, lo hizo retirarse de la vida pública. Un ejemplo paradigmático que se ha contrastado con la actual desvalorada clase política española.

¿Qué enseñanzas dejaron la Transición española y Adolfo Suárez González para Latinoamérica?

Elogiado a su muerte por la gran mayoría de los principales medios de prensa latinoamericanos sin importar su tendencia ideológica —ya fueran El Nuevo Herald de Miami o CubaDebate de La Habana—, sin dudas Adolfo Suárez González —y, por ende, la Transición española a la Democracia— tuvieron una impronta muy importante en Latinoamérica, sobre todo para los diferentes países de la Región que se incorporaron a la democracia en los años 80 después de períodos dictatoriales. El modelo de transición pacífica desde una dictadura, las aperturas políticas con convivencia, muchas de las reformas económicas, las leyes de amnistía —o “de prescripción”, tan debatidas pero necesarias, al menos en los primeros períodos post dictaduras—, incluso las alternancias en el poder, fueron algunas de las actuaciones que muchos países de Latinoamérica vieron reflejadas en la España democrática.

Pero tres de sus valores más significativos aún necesitan posicionarse en nuestra Latinoamérica: el primero es la defensa del diálogo y del consenso, del que ya hemos argumentado, y los otros: uno, gobernar sin demagogia, incumpliendo las promesas; el otro, la descalificación sin pruebas como argumento de confrontación. Del primero, él dijo: «Quienes alcanzan el poder con demagogia terminan haciéndole pagar al país un precio muy caro.» Mientras que del segundo, en su anuncio de dimisión de la Presidencia del Gobierno, fustigó que «el ataque irracionalmente sistemático, la permanente descalificación de las personas y de cualquier tipo de solución con que se trata de enfocar los problemas del país, no son un arma legítima porque, precisamente, pueden desorientar a la opinión pública en que se apoya el propio sistema democrático de convivencia».

Importantes enseñanzas pendientes en muchos de nuestros países, donde los ejemplos negativos huelgan.


Ningún mejor epitafio que el que, para la posteridad, marca la losa bajo la que Adolfo Suárez González y su esposa Amparo Illana Elórtegui están enterrados en el claustro de la Catedral de Ávila: «La concordia fue posible.»

Referencias


http://www.poesi.as/amach101.htm           
http://wwwrabodeaji.blogspot.com/2014/03/la-muerte-de-un-actor.html