martes, 19 de mayo de 2020

Hablemos (¡ya!) de elecciones

«No es el momento de divisiones ni de enfrentamientos por el poder [es] el momento de unirnos [para] preservar la salud y la vida de todos los bolivianos.» (Mons. Sergio Gualberti)

La renuncia el 11 de noviembre de Morales Ayma y sus inmediatos seguidores y el desbande apresurado y temeroso de una indignación popular, cerró 21 días de protestas contra el fraude electoral y 10 días desde que los comités cívicos de ocho departamentos le dieran un ultimátum para que renunciara a su cargo, abandonando el hasta entonces común reclamo opositor al MAS de una segunda vuelta electoral entre Morales y Carlos de Mesa que había sido apoyado por la Misión de Observación Electoral de la OEA. Distanciado de ese ultimátum, De Mesa siguió reclamando la segunda vuelta en solitario.

Asumida constitucionalmente la Presidencia el 12 de enero por Jeanine Añez, el país se abocó a un período electoral que se convocó el 5 de enero y culminaría el 3 de mayo con los comicios para posesionar quien ganara las elecciones el 12 de junio si no hubiera segunda vuelta.

Dos hechos preelectorales importantes fracasaron: la convocatoria presidencial durante enero para una nonata Cumbre de líderes calco del fracaso de la unidad opositora en octubre 2018 y la sí realizada "Cumbre por la unidad" del 1 de febrero convocada por el Comité Cívico Pro Santa Cruz para lograr un frente único; una segunda reunión el 3 de abril, nunca se realizó por la cuarentena. En medio, el 24 de enero la Presidente Añez anunció su candidatura.

Coincidí en enero con Roberto Laserna y Juan Cristóbal Soruco que un frente único antiMAS era pobre ejemplo de democracia pero nos fuimos al extremo contrario: «“le ganamos” al 20-O: competirán cinco alianzas y cinco partidos» [“El síndrome de la mariposa entrampada” 28/01/2020]. ¿La consecuencia prevista?: «El próximo gobierno necesariamente será de alianzas porque ninguna organización tendrá mayoría legislativa.» [“Una vez más: Más serán menos” 14/01/2020]. Pero tras que el 10 de marzo se anunció el primer caso de COVID-19 y el 22 el país entró en cuarentena total, las elecciones quedaron en stand by.

Hoy ya estamos de nuevo en tiempo electoral desde que Eva Copa promulgó su ley de postergación de elecciones —impelida por la urgencia de frenar la caída del MAS— y el Ejecutivo presentó su inhabilitación al Tribunal Constitucional. Oficialmente no hay campañas, pero el MAS ya hace lo que mejor sabe: crear conflictos, mientras otros políticos se aferran a discursos críticos —agarrando fallas del Gobierno o tergiversando realidades— o con acciones electoralistas presuntamente solidarias.

El Gobierno ha enfrentado una crisis para la que Bolivia no estaba preparada: el coronavirus. Ni la salud pública —cenicienta del MAS— ni la economía —miseria luego del despilfarro del cuatroceno— hubieran podido resistir sin medidas prestas y creativas que, en lo económico, generaron un Plan para proveer a las mayorías de recursos económicos —de muchas formas— y salvar empleos. Proceso de gobernar no exento de yerros: corrupción y favoritismo en ENTEL con Elio Montes, enseguida despedido y escapado; corrupción e ineficiencia en entidades públicas, rápidamente sancionadas; presunta corrupción de mandos medios y falta de control e inmadurez en YPFB; discrecionalidad en vuelos oficiales; decisiones autodañinas como la del control de expresión… además de falente control intergubernamental, de prevención y presto control de daños y de eficaz y proactiva comunicación pública, todos elementos de éxito.

La última encuesta en marzo dio sólo un trío en disputa: Arce, De Mesa y Añez. Hoy, la elección la decidirá la pandemia: influenciará contra Arce y potenciará o perjudicará a Añez según cómo se perciba su actuación; a De Mesa, más allá de sus declaraciones, no le redituará y pudiera afectarle, según lo maneje. 


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https://www.voanoticias.com/america-latina/opositores-bolivia-elecciones-jeanine-evo-morales

martes, 5 de mayo de 2020

COVID, COVID, COVID



Hablamos sobre el COVID. Pensamos sobre el COVID. Soñamos (pesadilleamos más bien) sobre el COVID. Vivimos “sobre” el COVID más que “con” el COVID.

¿Por qué tememos tanto al COVID-19? En mi columna Virus y elecciones: ¿pe(s)cadores ganan? (24/03) lo adelantaba: ¿por qué le tememos al COVID-19 si han muerto menos de 250 mil personas en todo el mundo desde su inicio mientras que «la Peste Negra mató un tercio sólo de toda la población europea del siglo XIV y entre 20 y 40 millones murieron con la gripe española de 1918 [y] el HIV y el SIDA [tuvo] más de 40 millones de fallecidos». ¿Por qué el mundo se ha paralizado?

De los 196 países miembros y asociados de la Organización Mundial de la Salud (OMS), sólo 14 son inmunes hasta ayer lunes: Kiribati, Lesotho, Islas Marshall, Micronesia, Nauru, Niue, la impenetrable Corea del Norte, Palau, Samoa, Islas Salomón, Tonga, Turkmenistán, Tuvalu y Vanuatu; ajenos a la OMS, sólo las Islas Cook. Eso deja 187 países (los restantes 182 de la OMS más los Territorios Palestinos, Kosovo, el Vaticano, el Sahara Occidental y Taiwan) donde viven (o vivían) algunos de los 3.482.848 infectados.

¿Por qué tememos tanto al COVID-19? Por su rápido contagio (en la República de Corea se mapeó una persona contagiando a más de mil en pocos días), por su período de latencia asintomático (alrededor de 14 días), por su confusión con otras afecciones conocidas (gripe, resfrío, incluso dengue) y por el alto índice de agravamiento de los casos ya sintomáticos: entre el 10% y el 15% de los pacientes internados por el COVID-19 (o virus SARS-CoV-2) ingresan en las Unidades de Terapia Intensiva (UTI) y el 90% de éstos requieren intubación y ventilación mecánica durante, al menos, dos o tres semanas. También ha contribuido mucho a ese temor la infopandemia que se ha desatado alrededor de la verdadera pandemia: una explosión de información, sobre todo en canales digitales y redes sociales pero también en medios masivos, muchas veces tergiversada, falsa o alarmista y poquísimas veces contrastada.

Para los gobiernos, el temor era otro: La insuficiente infraestructura sanitaria para casos graves. Según aumentaban los casos, la inicial displicencia (alimentada por las falsas estadísticas de China y su presto “control”, tan elogiado por la OMS) se convirtió en pánico y desesperación, con acciones propias de un filibusterismo: barcos y aviones cargados de (preciosos y escasísimos) insumos médicos retenidos y embargados en escalas en países intermedios; retención de cargas que se enviaban a segundos países…

¿Cómo estábamos en Bolivia? Muy desprotegidos por muchos años de falta de inversión humana y de recursos en la salud pública (los 14 del MAS fueron de despilfarro en inutilidades). ¿Cuáles eran las posibilidades? Empezar sin dar margen a que el COVID-19 tomara la delantera y golpeara (recordemos la Europa de tranquilidad y paseos con más de 300 casos en España y en Italia, o el premier Boris Johnson anunciando que priorizarían la economía… hasta que terminó en una UTI).

A pesar de los agoreros y los críticos festinados, partiendo de cero, o menos aun, en condiciones heredadas y sin recursos el 4 de marzo (cuando había sólo un sospechoso que luego fue negativo) se empezaron a tomar recaudos y buscar, en ese mercado canibalizado, lo que el país necesitaba para protegerse y, cuando el 10 de marzo aparecieron los dos primeros casos, inmediato se declaró Situación de Emergencia Nacional.

He sido un crítico permanente de las falencias en nuestra información epidemiológica (puede leerse en la Cronología que publico todos los días) pero no lo he achacado (como algunos políticos desesperados) a ocultamiento sino a mala comunicación porque si no ¿cómo yo la obtengo desde diversos medios públicos?

«El que es sabio refrena su lengua.» (Proverbios 10:19, espero que no me tilden de violar el laicismo)

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martes, 21 de abril de 2020

Para el día “después de después de mañana”



La semana pasada publiqué “Para después de mañana y otras reflexiones” con el modelo de Estado y país que algunos —o muchos, y me incluyo— quisieran tener; espero que haya dado pie a alguna meditación. También reflexioné sobre el COVID19 y nuestra sociedad y creo firmemente que, cuando pase la pandemia —aunque el virus seguirá como otras epidemias que nos han llegado, ya sin el carácter críticos—, la salud pública en Bolivia se acercará a la capacidad de satisfacer las necesidades de la población, superando el abandono de los 14 años anteriores que terminaron de descalabrar un sistema que siempre fue penosamente deficitario.

Hoy quiero reflexionar del día “después de después de mañana”, cuando todo el mundo regrese —paulatinamente— a sus actividades, las muertes hayan dejado de ser noticias y el heroísmo de los trabajadores de la salud se mencione como su juramento hipocrático.

Ésta es una infopandemia y las redes sociales —también los medios, cada vez más dependientes de las redes— nos han provocado una infoxicación de bulos y mentiras —fake news— como de hipótesis. En mi anterior columna ejemplifiqué con el HIV para mencionar la generación que entonces desapareció con el virus y cómo éste —más “selectivo” en edad que en promiscuidad— se llevará, en Europa al menos, a muchos que perdonó la otra; hoy retomo el HIV y el SIDA para recordar las entonces casi infinitas versiones sobre vías de contagio y formas de prevención —la curación no era creíble— que se decían. Las “olas” versionales entonces eran más lentas; hoy, al vox populi —el “dijeron”— lo ha sustituido las redes sociales como tsunamis.

Me “apropiaré” de Yuval Noah Harari, historiador, escritor israelí y gurú del dataísmo —el Big Data como fundamento filosófico—, cuando fija dos diferencias entre la pandemia del COVID-19 y otras de la historia: la positiva es que antes la ignorancia era lo peor de las epidemias, «la gente moría como moscas y nadie sabía por qué, ni qué se podía hacer contra ella»; la negativa son las previsibles consecuencias políticas y económicas porque: «El mundo hoy es mucho más frágil. [A pesar de nuestros] conocimientos tan avanzados [somos víctimas de] la falta de unidad global».

Cuando pasemos a la próxima página, encontraremos un mundo posiblemente distinto: triunfa el aislacionismo —cierre de fronteras; el #Me First campeando como valor político—, el multilateralismo en conmoción —una Unión Europea cuestionada; la OMS y, por ende, toda la herencia de San Francisco 1945 venida a menos; la globalización conmocionada—; la economía global profundamente vapuleada y el mundo cada vez más dependiente de los flujos de datos —algo aún lejano para nuestras sociedades “rezagadas” pero diario para muchos países, no sólo China— que puede llevarnos a sociedades tan controladas como la de 1984 de George Orwell.

Súmesele para nosotros un sistema democrático maltrecho después de catorce años de hegemonía autoritaria y ocho anteriores de disgregación del Poder del que no escaparon —o coadyuvaron— Bánzer, Quiroga, Sánchez de Lozada y De Mesa y una economía calamitosa a pesar del Jauja de la Década Dorada, la de los precios extraordinarios por nuestro gas pero también por nuestra soya y nuestros minerales, tanto dinero llegado a Bolivia en esos siete años —2008 a 2015— como en los más de 180 precedentes.

Llegado acá, no pude dejar de recordar “Paisaje después de la batalla” de Andrzej Wajda, donde la conmoción de la muerte de la joven judía golpea en el poeta —también recién liberado del campo de concentración— y desbloquea sus sentimientos y creatividad reprimidos por sus verdugos nazis. Coincidiré con el filósofo y ensayista surcoreano Byung-Chul Han que: «El coronavirus está poniendo a prueba nuestro sistema»; la pandemia debe movilizarnos para construir lo mejor —quizás con Vivaldi, como Wajda, y “La Primavera”— y superarnos a nosotros mismos.

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martes, 7 de abril de 2020

Para después de mañana y otras reflexiones



El sábado murió Luis Fernando Aute —recuerdo a la Massiel cantando Rosas en el Mar en 1967—, días atrás Lucía Bosè —la gran musa del neorrealismo italiano. Fueron parte de una larga lista que ahora me regresó también a los años 80, cuando desaparecieron al menos dos generaciones de grandes artistas —en plenitud de sus juventudes— por el entonces desconocido HIV; hoy, la mayoría son de las tercera y cuarta edades, como si la Parca quisiera completar, 40 años después, el trabajo que no concluyó.

Para mí, este encierro y estas muertes me han recordado que la inmediatez muchas no me deja mirar cuando escribo a futuro. Aprovecharé ahora, yo con tiempo y con la confianza de que muchos la leerán —sin inmediateces que lo impidan—, para elucubrar sobre una Bolivia que quisiera ver.

Primero que todo, entre 2003 y 2005 —incluso no estando permanente en el país— encabecé un largo estudio como consultor de la Universidad Estatal de Nueva York (The State University of New York: SUNY) sobre cómo veíamos y aspiraríamos a que fuera el sistema parlamentario en Bolivia. Como han pasado 15 largos años, no creo que haya observancia de la propiedad intelectual del estudio.

Se hicieron muchas encuestas y muchísimas entrevistas en profundidad; algunas, para evitar susceptibilidades ideológicas, se les dijo que eran para otros destinatarios —incluyendo las cátedras que ejercía en la UCB. Políticos —sobre todo congresistas en un amplio arco político desde Felipe Quispe y Evo Morales hasta Leopoldo López y Ernesto Suárez—, directores de medios y periodistas, líderes de opinión… opinaron sobre cuál en su percepción sería el mejor modelo legislativo para Bolivia: ganaron Congreso unicameral y diputados uninominales; también hubo espacio importante para un sistema de elección que no coincidiera con el presidencial, las llamadas elecciones de medio término pero que, en nuestro hipotético caso, abarcarían el medio final de un período presidencial y la mitad inicial del siguiente.

Hubo muchísimos más resultados pero me quedo con estos tres en lo congresal. Ahora opinaré, a modo personal, sobre cuál forma de gobernarnos preferiría. Empezaré diciendo que Latinoamérica heredó de España y Portugal la idea de gobiernos fuertes y centrales: basta recorrer desde la independencia los caudillismos presidenciales —cuasi monárquicos—, muchos de ellos fatales para nuestros países. Mucho se nos ha pontificado sobre las “virtudes” del presidencialismo; yo abogo por el parlamentarismo, con un presidente —como el alemán, para no hablar de monarquías simbólicas— revestido de la representación del Poder pero sin ejecutarlo y un jefe de gobierno —llamémosle primer ministro —como en Canadá o, de nuevo, Alemania— en delegación de la mayoría parlamentaria —propia o aliada— que gestione ese Poder. Con dos condicionantes al Presidente: siete años de ejercicio —los pitagóricos— y no reelección; el jefe de gobierno tendrá tres años y medio de ejercicio —si no lo saca antes el parlamento— hasta la siguiente elección, de medio término o de término final de la presidencia. Hay quienes representarían con lustre el Poder pero no serían aptos para ejercerlo, mientras otros, con gran aptitud para gestionarlo, nunca serían beneficiados con él en un presidencialismo. Las cortes leonesas de 1188, el Riksdag sueco de 1435 y el Parlamento británico de 1707 fueron los antecedentes —el Senado romano y la Ekklesía griega fueron excluyentes—, Alexis de Tocqueville y Montesquieu lo defendieron y los Padres Fundadores en 1776 y la Asamblea Nacional Constituyente en 1789 lo aplicaron. Claro que habría que cumplir lo que preconizaba Jürgen Habermas: el debate racional y sereno que lleva al consenso y no las manos levantadas por consignas.

Quiero, como final, reflexionar sobre el COVID19 y nuestra sociedad. Creo, como Henry Kisssinger refiriéndose a EEUU, que «ahora, en un país dividido, es necesario un gobierno eficiente y con visión de futuro para superar los obstáculos sin precedentes». La herencia tras el 10 de noviembre de un país bordeando la quiebra y en profunda crisis sanitaria amilanaría a muchos; eso no pasó pero tampoco se dudó que «Ningún país, ni siquiera Estados Unidos, puede en un esfuerzo puramente nacional superar el virus», como sentenció Kisssinger. La pandemia nos llegó el 10 de marzo con los dos primeros casos detectados pero desde el 26 de febrero se estaban aislando sospechosos; hubo y hay muchas carencias y, también, errores al improvisar como en todos los países afectados pero, a pesar de ello, se ha avanzado en moderar la diseminación.

Aunque se cancelaron las campañas políticas, entiendo que algunos candidatos —no importa el “color”— hagan un proselitismo soft a través de acciones solidarias; incluso comprendo que haya quienes critiquen la decisión de la Presidente Añez de postularse porque a un candidato le tronchó lo que (éste suponía) era una presunta victoria y a otro le frustró copar un departamento. Lo que no entiendo ni acepto es la promoción de atentados a la salud, incitando a manifestaciones y movilizando marchas: eso es criminal en un momento en que la gran mayoría de los actores sociales y políticos aúnan esfuerzos sin consignas políticas. 

Tampoco entiendo que una “autoridad” como la masista Defensora del Pueblo haga gala pública de falsedad al afirmar que «Latinoamérica y Bolivia sabían en septiembre de 2019 que la pandemia del coronavirus estallaría» porque «se sabía a nivel Latinoamérica en 2018 que venía la pandemia» y «no por unos casos se va aplicar políticas públicas, eso es irresponsable»; la mentira se cae cuando se recuerda que Li Wenliang, el oftalmólogo de Wuhan que alertó de un nuevo tipo de coronavirus —variante del SARS de 2002—, recién lo hizo el 30 diciembre de 2019. Pero, le pregunto, en el hipotético caso de que se sabía desde 2018, ¿qué hizo el MAS? ¿Estolidez o estupidez? ¿Estolidez o estupidez?

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martes, 24 de marzo de 2020

Virus y elecciones: ¿pe(s)cadores ganan?



El coronavirus llegó y trastornó el mundo que conocemos. Saltando las distancias y los muertos —hasta hoy, casi 15 mil muertes del COVID-19 en todo el mundo mientras que la Peste Negra mató un tercio sólo de toda la población europea del siglo XIV y entre 20 y 40 millones murieron con la gripe española de 1918, ni la Peste Negra ni la gripe española ni, más cerca, el HIV y el SIDA —más de 40 millones de fallecidos— lograron crear un pánico tan inmediato fake news y desinformación por medio— ni, tampoco, medidas tan radicales en todo el mundo.


Saco del COVID-19 varias lecciones. La primera, que no es posible mentir eternamente, menos en nuestro mundo hiperinformado: el negar la existencia de la enfermedad —usual en regímenes totalitarios como China— fue el factor que provocó la explosión de los contagios y la difusión exponencial del virus. Segundo, en nuestra época hiperinterconectada —no pondré “globalizada” porque desde Trump no es buena palabra— detener una propagación es una tarea tenaz. La tercera —hay muchísimas más— es que la mentira y la tergiversación son armas apetecibles para la guerra sucia.

Saltaré a las elecciones en Bolivia. Como en otras columnas, seguiré sosteniendo la confianza en la probidad del Tribunal Supremo Electoral y en su presidente —aunque a veces mantener el equilibrio entre ajustarse “en fino” a la legalidad para evitar cuestionamientos y las urgentes ansiedades de la sociedad sea tarea de mucho esfuerzo y penoso reconocimiento— y también reconoceré que existe una intelligentsia política nuestra que —aunque la mar de las veces sea al borde de una catástrofe— logra acuerdos y consensos. Por eso no dudo que los habrá sobre la postergación de las elecciones —algunos porque esperarán réditos de ello y otros porque comprenderán que es imprescindible—, al menos de la gran mayoría. (Hasta puedo entender la negativa del MAS porque la guerra al coronavirus es un fuerte argumento contra sus aspiraciones y porque, a pesar de contar numéricamente con mayoría en la Asamblea, bloquear la postergación no sólo sería un suicidio político y social sino, además, inútil en la práctica frente a las atribuciones del Cuarto Poder, el Electoral, para situaciones extraordinarias, las mismas que el propio MAS le atribuyó en 2009 confiado de su cooptación.)

Quizás la postergación sea hasta más beneficiosa para el país porque —elucubro— “hasta” podría permitir revisar alineaciones y, quizás incluso, la geografía electoral viciada de injusticia. Pero, por esta vez, retornaré a mi eje: Virus y elecciones y “pescadores” en busca de ganancia.
Me abstendré de analizar las medidas sanitarias tomadas —consecuentes con las de la OMS/OPS—; me quedaré con las tergiversaciones malintencionadas, las acciones en presunto autobeneficio y el terrorismo verbal.

Sin dudas, las tergiversaciones malintencionadas redundan en detrimento de quien las dice cuando la población las contrasta con la realidad —el temor del MAS— y el continuo demérito de lo hecho —acción de algunos— se vuelca contra el que lo hace; similar camino toman las acciones en autopropaganda: en momentos de necesaria solidaridad y esfuerzo, los protagonismos interesados provocan repudio. El terrorismo verbal, mal o bien intencionado —el efecto Savonarola—, es más grave porque augurar la indefectibilidad de miles de muertos no crea conciencia sino zozobra cuya prevención debe ser el empeño de todos.

Se ha mencionado estos días a Bocaccio y a Camus; yo recordaré a Dante. En la Divina Commedia habla dos veces de pestes en su Círculo Octavo: en el Canto Vigésimo de los impostores y los desleales y en el Vigésimonoveno de los falsificadores y diseminadores de discordia. Huelgan comentarios.

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martes, 10 de marzo de 2020

Vergonzosas mentiras, mediocre mezquindad



El título de esta columna caracteriza buena parte de estas elecciones: Vergonzosas mentiras como la del paper del Center for Economic and Policy Research (CEPR) publicado “en” el periódico The Washington Post y mediocre mezquindad la de las candidaturas presidenciales descartables por residuales que sólo lograrán aportarle espacios al MAS.

Empezaré por el artículo “Bolivia descartó sus elecciones de octubre como fraudulentas. Nuestra investigación no encontró ninguna razón para sospechar fraude”, escrito por John Curiel y Jack R. Williams y publicado el 27 de febrero en el blog The Monkey Cage —que su editor, John Sides, describe como «un sitio independiente publicado actualmente aquí en el Washington Post», es decir: no es del periódico. La primera falsedad fue atribuir ese documento de sólo 3 páginas a “investigadores del Laboratorio de Datos Electorales y Ciencias del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT)”, algo después Richard Lester, Preboste Asociado del MIT, a nombre del Presidente Leo Rafael Reif desmintiera al mencionar que los autores trabajaron a título personal y contratados por CEPR, y la segunda darlo como una “investigación seria” que “anulaba” la auditoría electoral de la OEA (86 páginas con el trabajo de 36 especialistas multidisciplinarios de diferentes países); el publicado en Monkey Cage sólo fue realizado por Curiel y Williams. Sin entrar en más —el codirector de CEPR Mark Weisbrot es una antiguo aliado de Chávez y Maduro, y su Analista Político Senior, Guillaume Long, fue ministro de varias carteras con Rafael Correa—, el paper fue reproducido inmediatamente en medios internacionales sin más análisis —ni aclaración después de los desmentidos— y toda la izquierda sociata 21 lo aplaudió para loor de Evo, aunque en realidad los disparos eran contra la candidatura de Almagro en la OEA, meta urgente bolivariana. (Sobre Morales penden el juicio por el asesinato de Michael Dawyer y las precisiones de la ACNUR sobre sus violaciones del refugio político.)

Y aunque hay mucho más de qué opinar, me quedaré en la mediocre mezquindad. Para el 3 de mayo se habilitaron ocho partidos y alianzas, siete contrarias al MAS. De las ocho, la primera encuesta de intención de voto publicada luego de oficializados los binomios (CIES MORI, 16/02), sólo da posibilidad para una segunda vuelta a tres de ellos: MAS-IPSP, JUNTOS y COMUNIDAD CIUDADANA —estos dos estadísticamente similares—, circunscribe presencia de CREEMOS en la ALP sólo en Santa Cruz —estadísticamente igualado con JUNTOS— y descarta posibilidad alguna para el resto; la segunda (MERCADOS Y MUESTRAS, 23/02) —con un error mayor (+/- 3% vs. 2,07%) y menos casos (1.070 vs. 2.224) y cobertura (48 vs. 84)— repite la terna posible.

En otras columnas y entrevistas he explicado —a partir del coeficiente D´Hondt aplicado en Bolivia— cómo la dispersión de votos por muchas candidaturas beneficia mucho al primer ganador (el MAS podría ganar en cinco departamentos) y reduce la representación de los siguientes. En “La victoria del MAS y el rol de Tuto Quiroga” (Página Siete, 15/10/2014) ya Raúl Peñaranda analizó cómo la candidatura de Quiroga perjudicó entonces los resultados de la oposición; vale el análisis de Peñaranda para hoy.

Cerraré con dos «requisitos que deberían ser plenamente cumplidos» en las campañas electorales de mi buen amigo Juan Cristóbal Soruco (“Adversarios, no enemigos”, Los Tiempos, 08/03/2020): «no recurrir a la mentira como centro de las estrategias de campaña (no sólo porque mentir es malo en sí, sino porque mentir presupone que la audiencia es tonta) y mantener un mínimo de respeto a los adversarios».


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martes, 25 de febrero de 2020

Verdades, ¿medias verdades...? ¡Y Carnaval!



El 16 pasado, se difundió la primera encuesta de intenciones de voto de CIES MORI tras la inscripción de los binomios presidenciales. Me quedaré a analizar en ella porque la otra que esperaba de intenciones —la de Jubileo-UMSA— no ha salido y ésta de CIES MORI la puedo comparar con su anterior de preferencias difundida el 2 de enero.

Empezaré por los resultados ponderados sobre votos válidos, prorrateando proporcionalmente los No Sabe (6,5%) y Voto Secreto (2,2%) a los valores directos. Los resultados ponderados dan el 34,3% para el MAS (directo: 31,6%), el 18,6% para Carlos de Mesa (17,1%), Jeanine Añez el 17,9% (16,5%), Luis F. Camacho 10,4% (9,6%), el coreano naturalizado Chi Hyun Chung el 5,9% (5,1%), Feliciano Mamani y Jorge Quiroga coinciden en el 1,7% (1,6%) e Ismael Schabib (inhabilitado y luego sustituido) el 0,5% (0,5%).

Empezaré aclarando por qué la del MAS es la única candidatura que no he utilizado el nombre del candidato: como todos mis lectores concordarán, Luis Arce es un comodín intrascendente pero “el candidato” para captar —o perder votos— es Morales; la ausencia de los moderados del MAS es muestra de ello. También recordaré lo que ya mencionó Fernando Molina en UNITEL: el 65% de los electores había declarado antes que nunca votarían por el MAS, lo cual da que el más está llegando (o llegó) a su “techo” electoral y la única opción viable es bajar.

De Mesa está alrededor del 18,6%, una caída significativa respecto del 26% que —según CiesMori— tenía en julio de 2019 (también tres meses antes de las elecciones) y un empate técnico con Añez. Las posibilidades de Mesa de mantenerse —y no serían de crecer— quedan cada vez más circunscritas al Occidente y sin el recurso del “voto útil” que le benefició argüir en octubre pasado. Obviando su campaña anterior, pesa en su contra su tibia posición durante la Revolución de las Pititas, cuando todo el país opositor pedía salida de Morales y él continuaba con el reclamo de segunda vuelta. Por el contrario, Añez —aún con poca comunicación de gestión y ninguna de campaña— sin utilizar el Poder para hacer política puede crecer significativamente. Sobre Camacho, cierro en poco.

De los cuatro candidatos siguientes: el ultraconservador Chi va a aferrase al voto evangélico que no le dará posición en la Asamblea, mientras que Quiroga, Mamani y el sustituto de Schabib son absolutamente residuales y camino a pérdida de registros.

El quid está en la Asamblea: el MAS podría tener 15 de 36 senadores y 25 de los 60 plurinacionales (sin contar uninominales). No serían mayorías simples —menos absolutas— pero tendrían un fuerte peso decisor. Por ello, la preocupación ciudadana de reforzar las candidaturas viables y descartar las menos favorecidas antes de pensar en posibles alianzas postelectorales dentro de la Asamblea.

En este sentido, toma importancia la propuesta de Camacho, candidato circunscrito a Santa Cruz y desaparecido en el resto del país (Marcos Pumari no aportó nada en Occidente), aunque queda en duda qué quiere decir con “dejar en blanco” porque las únicas opciones son seguir o retirarse. Hasta el 30 de abril pueden abandonar candidatos de participar y ser sustituidos dentro de organizaciones pero, en el caso de organizaciones, no porque ya estarían en la boleta impresa.

Camacho fue la cara visible —seguido por muchos— en la caída de Evo pero el líder de barricada no se trasvasó a ser un candidato exitoso. Ahora es el momento de definirse: si renuncia y sus votos refuerzan alguno de los dos principales candidatos opositores —Añez mucho más posible— o nos quedará que “en blanco” fue una argucia cantinflesca de marketing electoral. Lo sabremos después de Carnaval.

«¿Dijiste media verdad? / Dirán que mientes dos veces / si dices la otra mitad». [Antonio Machado, Proverbios y Cantares XLIX]

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