martes, 19 de junio de 2018

Colombia, Nicaragua y la fe en la libertad



Colombia desde el domingo tiene nuevo presidente, Iván Duque Márquez. En primera vuelta, Duque Márquez obtuvo cerca de 7,6 M de votos, el 39,14% de los más de 19,6 M que asistieron; ahora fueron a las urnas 19,5 M y lo eligieron el 53,98% (cerca de 10,4 M), con la legitimidad de ganar en 24 de las 33 reparticiones territoriales del país y por más de 12 puntos porcentuales (casi 2,5 M más de votos) que su oponente, exguerrillero y con afinidades con el socialismo del siglo 21.

Con una fuerte presencia partidaria en el Congreso (primera fuerza en el Senado y segunda en Diputados) y con la primera mujer vicepresidente en la historia de Colombia (Marta Lucía Ramírez Blanco), Duque Márquez tendrá que mantener el desarrollo del país (potenciado desde los dos períodos de su mentor, Álvaro Uribe Vélez) y cumplir el deseo de la mayoría de colombianos que votaron NO en el plebiscito de 2016, haciendo menos impunes los Acuerdos de Paz pero sin eliminarlos; su habilidad política será puesta a prueba pues frente a él tendrá muchas de las fuerzas de izquierda y sectores vinculados con el actual presidente.

Cerca de allí, Nicaragua duele, y mucho. El pueblo que venció la dictadura de los Somoza en 1979 y que en 1990 le dijo adiós al neosandinismo de Daniel Ortega Saavedra y sus adláteres (que ya no era el sandinismo de Carlos Fonseca Amador y José Santos López que unió a socialdemócratas, cristianos y socialistas por la libertad y la democracia) del que se distanciaron muchos excomandantes guerrilleros y aliados civiles (como el entonces vicepresidente Sergio Ramírez Mercado, este año Premio Cervantes de las Letras) y que en los meses antes del gobierno de Violeta Barrios de Chamorro protagonizaron la vergonzosa “Piñata”: la apropiación personal de la mayor cantidad de bienes y propiedades en manos del Estado, traicionando los ideales de Augusto César Sandino.

En las elecciones de 2006 los nicaragüenses, tras los fracasos y corrupción de los gobiernos que siguieron a Doña Violeta, nuevamente eligieron a Ortega Saavedra quien, entonces aliado tácito con el empresariado y acercado a la Iglesia Católica, prontamente tiró las bases de un régimen del socialismo 21 sin límite de tiempo ni oposición (a su “dictablanda” la denominó “Revolución Cristiana, Socialista y Solidaria”), cooptando todos los Poderes del Estado e “interpretando” la Constitución para reelegirse indefinidamente; gracias a los petrodólares venezolanos, mantuvo una “paz social” coartando la poca oposición instituida.

Pero lo que parecía controlado, se desbordó el pasado 18 de abril cuando, ya escasos los petrodólares, el gobierno quiso afectar la seguridad social y grupos progubernamentales (las “turbas”) agredieron a un grupo de jubilados que protestaban. De ahí, se salieron a manifestar los estudiantes universitarios y en poco se les sumó gran parte de la sociedad civil. El diálogo mediado por la Iglesia Católica (que, como contra Somoza, con Leopoldo cardenal Brenes Solórzano y sus obispos defiende al pueblo que protesta) se reinició, tras más de 160 muertos (entre ellos seis de una familia calcinados en su casa de Managua en venganza), 1.400 heridos por las “turbas” y la policía (el Ejército explícitamente se ha distanciado de la represión) y el país paralizado. Como un estudiante le dijo el primer día a Ortega Saavedra: «Esta no es una mesa de diálogo, es una mesa para negociar su salida. Ríndase ante todo este pueblo. […] Estamos siendo perseguidos, somos estudiantes. Nosotros hemos puesto los muertos».

Información consultada

https://www.nytimes.com/es/2018/05/29/revoluciones-daniel-ortega-nicaragua-caparros

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