lunes, 9 de septiembre de 2013

El al qirkat sirio y los zapatos de Obama

"Pidamos por la paz: paz en el mundo y en todos los corazones". [Papa Francisco, en Twitter]

¿Conoce el al qirkat? Quizás lo conozca por alquerque, un término medio mozárabe. ¿No? Es un antiguo juego de mesa —afirman que los antiguos egipcios lo jugaban— que los árabes llevaron a Al-Ándalus cuando conquistaron la Península Ibérica; tuvo un hijo pobre —el tres en raya— pero cuando se casó con el ajedrez tuvo una hija presumida: las damas. Para jugarlo, usualmente se empleaban 24 piezas divididas en dos colores muy diferentes que se mueven sobre un tablero con espacios y “caminos” definidos por los que, alternadamente, los jugadores “capturan” piezas del oponente aunque también pueden mover su pieza  a una posición vacía adyacente, unida por una recta; si un jugador no “captura” cuando tiene la oportunidad, el oponente aprovecha y saca del juego la pieza con la que se debería haberlo, venciendo aquel jugador que capture todas las piezas del oponente —o le impida moverlas. A diferencia del ajedrez, todas las piezas tienen semejanza y actúan iguales.

Como pasa hoy en Siria.

Tan lejos —mirando desde hoy— como cuando iniciaba 2011, muchos nos encontramos que en un mundo, el árabe, que no conocíamos mucho y que maniqueamente lo habíamos etiquetado en “socialistas” —aún más irreales que sus parientes desaparecidos de Europa— y “reaccionarios” —del “otro lado”— estaba sucediendo algo mucho más fuerte que los Indignados —europeos como el 15M (Democracia Real Ya) de España o la Generación en Apuros de Portugal, norteamericanos como Occupy Wall Street o el mexicano #Yosoy132, los más conocidos—, una ola social que reclamaba democracia remeciendo las corruptas dictaduras y pseudodemocracias árabes: Primero Túnez —iniciada a finales del año anterior con la inmolación por fuego de Mohamed Bouazizi, un joven desempleado— y rápidamente seguido por Sahara Occidental, Argelia, Libia, Jordania, Mauritania, Sudán, Omán, Yemen, Arabia Saudita, Egipto, Siria, Líbano, Marruecos, Djiboutí, Irak, Somalia, Bahréin, Irán y Kuwait fueron escenario de fuertes movimientos sociales. Algunos gobernantes “eternos” (Zayn al-`Abidin Ben Ali en Túnez, Muḥammad Ḥusnī Sayyid Mubārak —conocido como Hosni Mubarak— en Egipto, Ali Abdullah Saleh en Yemen y Muamar Muhamad Abu-minyar el Gadafi —el asesinado Muamar el Gadafi— en Libia, en la primera guerra civil donde intervinieron fuerzas aéreas occidentales) fueron derrocados por los movimientos sociales, mientras en Siria empezaba un creciente baño de sangre y en Bahréin se diluía con el fuerte apoyo de las monarquías absolutas del Golfo; en las demás, medidas de apertura (tomadas rápidamente en mayor —como Jordania y Marruecos— o menor medida y muchas veces acompañadas de represión) contenían el desborde.

Dos años después, en los países más occidentalizados y “democráticos” de esa ola (Túnez y Egipto, ambos gobernados por partidos de orientación islamista: Del Renacimiento —Ennahda o Hizb Al-Nahda— en el primero y Libertad y Justicia —de los Hermanos Musulmanes— en Egipto) vuelven a surgir violentos movimientos de protesta; Yemen se resquebraja bajo el poder tribal en áreas independientes con muy poco ejercicio del central y donde Al-Qaeda es cada vez más fuerte; el hoy Estado de Libia —sustituto de la Gran Yamahiriya Árabe Libia Popular Socialista de Gadafi— no avanzó mucho en su democratización, y Bahréin vuelve sacudirse. Y Siria se desangra.

Más de cien mil muertos (civiles) y una guerra civil que cada vez deja más de ser interna, recién cuando se denuncian más de mil muertos por uso de agentes químicos es que Occidente —aunque es un Occidente muy dividido y escéptico— está decidiendo si interviene de alguna forma para evitar su uso (un uso, vale decirlo, de procedencia aún “confusa” porque, si bien muchas informaciones tienden a mencionar al régimen de Bashar al Asad como el agresor, otras mencionan que fueron los mismos rebeldes —mal manipulando algunas, presuntamente provistas por la monarquía saudí a través del Secretario General de su Consejo de Seguridad Nacional, el príncipe Bandar bin Sultan bin Abdul Aziz Al Saud, ex embajador en EEUU y hijo del heredero al trono— y hasta alguna versión, poco creíble, involucra directamente a militares estadounidenses a través de presuntos correos hackeados). Indecisión que Rosa Townsend —editora política de The Miami Herald y El Nuevo Herald— cuestiona preguntándose si «[¿] Assad puede asesinar con balas pero no con gases?»

Cuando suenan los tambores de guerra “limitada” y se alza el espectro de una guerra regional en el Medio oriente, vale la pena analizar algunas claves para el conflicto. La primera y obvia es que la Administración Obama estableció “líneas rojas” en su política para Oriente Medio y el ataque con armas químicas es una de ellas; el cruzarla debía conllevar una respuesta de EEUU pero la Administración Obama se debate en el dilema entre asumir lo que postuló y enfrentarse con una población norteamericana que no apoya una nueva intervención (aún está muy fresco el recuerdo de Irak y su larga posguerra) y un Congreso que recién discutirá su aprobación después del 9 de septiembre (pues, aunque la Administración pudiera intervenir limitadamente sin autorización del Congreso si no involucra el envío de tropas al terreno, ha preferido “curarse en salud”). Y aunque la decisión de intervención aérea limitada es muy probable que la apruebe el Congreso (no sin “heridas” a la Administración), la imagen de Obama quedará disminuida, no sólo al interior de su país si no al exterior: Su más cercano aliado, el Reino Unido, por mandato de la Cámara de los Comunes no podrá intervenir si no es aprobada por las Naciones Unidas —algo aún poco probable—  y en Francia —que era su firme aliado en este tema— el debate en la Asamblea Nacional ha puesto barreras al socialista Presidente Hollande; en la reunión del G20 en San Petersburgo —que empieza hoy jueves 05—, Obama tendrá que convencer a sus miembros, sobre todo a Rusia, junto con China un firme aliado del régimen sirio (aunque el Presidente Putin recién ha abierto un posibilidad si la ONU apoya el ataque, como fue en Libia). Una infeliz imagen de soledad.

Otra clave es ubicar esa respuesta “limitada” desprovista de una estrategia global para la Región —imagen de imprevisión en asuntos internacionales, algo de lo que ya se ha acusado a la actual Administración— y, además, significaría un retroceso en tres aspectos actuales: primero, en la prosecución —sin mencionar éxito— de las resucitadas conversaciones de paz entre Israel y la Autoridad Palestina; segundo, en el tímido acercamiento con el nuevo gobierno iraní y la posibilidad de discutir el programa nuclear de ese país —una amenaza potencial para Israel y también para los demás aliados estadounidenses de la Península Arábiga— y, tercero y global, el avance de nuevos acuerdos de reducción de armamentos nucleares con Rusia.

Otra clave importante, dentro de la región medioriental, es lo confesional: El gobierno de Bashar al Asad es de tendencia chiíta (los Al Asad son alauitas, una vertiente heterodoxa del chiísmo y no aceptada como islámica por otras corrientes musulmanas que en Siria tiene su mayor comunidad, aunque sólo es 10% de toda su población), lo que lo vincula con Irán —una casi teocracia chií, alianza que para el gobierno sirio ha sido una garantía de integración frente al resto del mundo musulmán— y justifica el apoyo que ambos países dan a la milicia libanesa Hezbolá —Partido de Dios—, cuya participación reciente en la guerra siria ha frenado el avance opositor. Frente a esta “alianza chií” y enfrentándosele está la “colación suní” formada por las monarquías arábigas, ricas en petróleo, agrupadas en el Consejo de Cooperación del Golfo —lideradas por Arabia Saudita y Qatar y también integradas por Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Omán y Bahréin— y, internamente en Siria, los suníes sirios (cerca de 80% de la población del país y opuesta al régimen). También en este panorama influencia las demás religiones y etnias dentro de Siria: cristianos (católicos maronitas, católicos armenios, ortodoxos griegos de Antioquía, siríacos), otros musulmanes (ismailitas y duodecimistas), drusos, kurdos (suníes y yazidíes) y judíos, todos aceptados por los alauitas —y aliados suyos frente a los suníes— y temerosos de una radicalización islámica.

Otras tres claves importantes son: el equilibrio de fuerzas extrarregionales (EEUU versus Rusia y China); la importancia que Al-Qaeda y el salafismo están tomando en la región (Yemen, Iraq, Libia, Egipto en parte por los Hermanos Musulmanes, ahora Siria) y, no menos importante, el peligro que representa para la estabilidad política de la Federación Rusa la penetración del fundamentalismo islámico y su terrorismo. En la primera de estas claves, la pérdida de hegemonía de EEUU tras su crisis económica y su restricción de su influencia mundial —también militar— le enfrenta en distintos escenarios con la emergencia china y la aspiración de Rusia de volver a ser una potencia mundial.

La nueva penetración de Al-Qaeda en el Medio Oriente y África —un “segundo aire” para el yihadismo después de la desaparición de sus principales líderes por EEUU— en la guerra siria se ejemplifica en una participación cada vez más fuerte de su brazo local, el grupo extremista Frente Al Nusra —Jabhat an-Nuṣrah li-Ahl ash-Shām: "Frente de la Victoria para el Pueblo de Gran Siria"—, en las acciones de la muy amplia y poco cohesionada Coalición Nacional Siria —oficialmente Coalición Nacional para las Fuerzas de la Revolución y la Oposición Siria— y su Ejército Libre de Siria, lo que se convierte en una gran amenaza para Israel y, no menos, para Irán y Occidente. También, con mucho, lo es para la Federación Rusa la penetración del terrorismo yihadísta en sus repúblicas con mayoría musulmana —principalmente suníes—: Daguestán, Chechenia, Osetia del Norte, Adigueya e Ingusetia y, sobre todo, las del Cáucaso del Norte (Chechenia, Daguestán, Ingushetia, Kabardina-Balkaria, Karacháyevo-Cherkesia), donde el salafismo (conocido en la región como wahabismo) tiene una fuerte importancia y, a través de esas comunidades wahabistas ha podido penetrar fuertemente Al-Qaeda desde la guerra chechena.

Otra clave fundamental es la posibilidad de que Al-Assad y los alauitas sirios apuesten al desmembramiento de Siria y la constitución de una república alauita —que dominaría la costa de la actual Siria, donde se asienta la minoría alauí— como solución interna al conflicto. Esta solución es muy peligrosa para Turquía porque 10% de su población es aleví, de la corriente alauita, como también es peligrosa para la integridad del Líbano, porque un estado alauí podría incorporar territorios donde los alauitas son mayoritarios en ese país, en continuidad geográfica con el nuevo país. Una posibilidad no remota, para la que iría preparándose una limpieza étnica —como la Masacre de Hama en 1982, cuando Hafez Al-Assad, padre de Bashar, ordenó el empleo de armas químicas contra los suníes de esa zona para finalizar  fin a la rebelión iniciada en 1976 por grupos islámicos, entre ellos los Hermanos Musulmanes; en la masacre murieron entre 10.000 y 40.000 víctimas. A partir de este desmembramiento, podría crearse otros estados dentro del territorio actual de Siria: kurdos al Noreste, drusos al sur —también en Líbano, Israel, Estado Palestino y Jordania— y suní en el resto del territorio, al interior. Definitivamente: un caos de reacomodo étnico territorial, sin dudas cruentísimo.

Quedan cuatro claves más por analizar: las que representan Israel, Irán, Turquía e Irak. Para el Estado de Israel, un régimen sirio estable y no fundamentalista —más allá de sus posibles enfrentamientos y de los ataques que Hezbolá pueda provocarle desde el Líbano— es más “seguro” que una Siria dividida y, por ende, con extremismos yidahístas fuertes. Para Irán, la desaparición de una Siria prochií significará el aislamiento completo en la región y la dejara enfrentada por todos los flancos: Israel, los países suníes, Turquía e Irak, lo que afectaría sensiblemente el poder de los ayatollahs y, también podría significar una peligro de estabilidad para el país. Turquía, un país mayoritariamente suní, desde la llegada al poder en 2003 del conservador islamista moderado Partido de la Justicia y el Desarrollo del primer ministro Recep Tayyip Erdoğan se ha acercado hacia las posiciones de estados musulmanes moderados, aumentando su influencia regional; además, el desmembramiento de Siria y la constitución de estados alauí y kurdo son peligrosos para Turquía por sus propias poblaciones de esos grupos. Por último, Irak, país de mayoría suní; en la época de Saddam Hussein estuvieron muy vinculados los partidos gobernantes de ambos países —el Partido Baath (Del Renacimiento Árabe Socialista) fue común hasta 1966 para los dos países (actualmente también hay partidos Baath, o Baaz, en Jordania, Líbano, Yemen, Bahreín, Mauritania, Argelia, Sudán, Libia, Túnez y Palestina) y muchos dirigentes del depuesto en Irak se han refugiado en Siria—; además, el peligro de un desmembramiento kurdo —la región más rica petrolera del país— para unirse a un estado kurdo con desmembramientos de esas regiones en Siria y Turquía y la penetración de Al-Qaeda —ya fuerte de por sí en Irak desde la caída de Hussein, uno de sus más fuertes opositores— también influencian en sus decisiones.

Hasta ahora, preocupado Occidente por la posibilidad de desencadenar un conflicto mayor e imprevisible, no ha intervenido en Siria —e, incluso, no ha suministrado armamento significativo al Ejército Libre de Siria— siguiendo la tesis de “dejar que se maten entre ellos” que esgrimió en su momento Moshe Dayan con respecto a las pugnas internas palestinas. En el mismo sentido, Occidente —y Obama sobre todo— entendieron que la victoria de ninguno de los dos frentes de la guerra civil en Siria les favorecería y una participación podría, por el contrario, perjudicarles.

Atrapado en la realpolitik, no quisiera estar en los zapatos de Obama.

Referencias


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